Elegí no maternar

Hace casi dos meses decidí esterilizarme definitivamente. He pensado muchísimo como compartir esta experiencia porque camino mi vida al lado de mujeres que decidieron tener sus hijos desde el deseo, otras que decidieron tenerlo aunque no era lo que querían y otras que decidieron abortar.

Por: Ándre de los Reyes

Aunque todas vivimos experiencias complejas y con seguridad contradictorias frente a la decisión de ser madres, en mi caso podría caer en ufanarme de haber optado por, a lo mejor, “liberarme” de las responsabilidades que se adquieren siendo mamá, pero me abstengo de hacerlo: elegir no tener hijos no me hace mejor que ninguna mujer y siento además que las responsabilidades con la infancia son ineludibles.

Escribo esto con sumo respeto y cuidado por todas.

La cirugía fue ambulatoria, pero me exigió un tiempo de descanso en el que pude adentrarme en miedos que no conocía frente al dolor físico y a ciertas sensaciones de tristeza que llegaron sin permiso.

Todo empezó por el Estallido Social que se derivó de una reforma tributaria.

Al ver los atropellos generados por la reforma y las violaciones a los derechos humanos de los manifestantes, pensé mucho en que traer un hijo al mundo no sería buena opción definitivamente y pregunté por la operación.

Gracias a la asesoría de una amiga pude realizar los trámites correspondientes y me autorizaron la intervención quirúrgica.

En la cirugía tuve problemas con la anestesia. Sentí la sensación más horrible a mis 32 años al quedar consciente durante el procedimiento: no sentía dolor, pero escuchaba risas y algunas frases con más fuerza que otras y mi único oído estaba más sensible y agudo que de costumbre. Adicionalmente, aunque me costaba abrir los ojos, pude ver algunos lugares perfectamente reconocibles porque llevaban el logo del lugar.

Esa experiencia me obligó a tomar control de mi respiración para dejar que fluyera esa sensación tan desconcertante y nueva de recuperar la movilidad con demasiada lentitud.

La operación duró entre 20 y 30 minutos. Recuerdo que un enfermero me preguntó por qué lloraba, pero yo no sabía por qué lo hacía. No me dolía nada, quizá era el alma llorando por dentro, de la misma manera que una llora internamente cuando hay sensación de nervios por algo trascendental del que no hay forma de retractarse, pero que no está para nada asociada al arrepentimiento.

La recuperación post-operatoria fue lenta. Vomité engañada por la anestesia, que pensé se había ido cuando llegué a mi casa. Tenía además mucha hambre y estaba dispuesta a comer lo que hubiera.

La movilidad se redujo los primeros días mientras me adaptaba al dolor que me produjo haber sido intervenida y por un gas que había ingresado al cuerpo y que tardaría varios días en salir. Tuve que aprender a lavarme diariamente porque la sangre que salía por los puntos era considerable.

Con los días apareció una sensación de soledad que no conocía. Era una soledad que me conflictuaba, porque de nuevo, al igual que con otras decisiones de vida, pensé que iba a quedarme sin tener una compañía porque a lo mejor ser estéril no era tan atractivo finalmente.

Me acompañó ese pensamiento por varios días, hasta que me di cuenta, que me había amado muchísimo para tomar esa decisión y que ese mismo amor lo podría compartir después con seguridad.

Ahora no tendré hijos, aunque no tendría problema en adoptar si tuviera una economía y un entorno protegido para cuidar de otro humano.

Expreso con mucho respeto que me siento feliz de haber tomado esta decisión con todo lo que pueda implicar en el futuro.

No obstante, aunque he escuchado que, exceptuando la adopción, es posible maternar desde otras aristas (siendo tía o cuidadora) yo sigo teniendo un profundo amor y un profundo respeto por las mujeres que deciden parir, porque su decisión es tan fuerte y tan valiente como la mía: porque esto nos pone en lugares muy difíciles y nos cambia inevitablemente la vida y el cuerpo.

A todas las mujeres que decidimos lo mejor para nuestras vidas sea maternar o no, va mi abrazo sororo: entre todas podemos ofrecer(nos) un pequeño paraíso donde nuestras decisiones puedan gozar de tranquilidad.

Las quiero y acompaño.