‘No soy un escritor castrochavista’: Pablo Montoya

En una América Latina donde la pugnacidad política quiere trasladarse a todos los escenarios sociales, incluido el deporte, el arte y la literatura, el escritor Pablo Montoya sale en defensa de su rol como jurado de la nueva versión del premio Rómulo Gallegos.

Imagen: Cortesía.

Hace cinco años, cuando recibí el Rómulo Gallegos, desde los sectores de la derecha latinoamericana me tildaron de escritor chavista. Haber aceptado este premio, que nunca busqué -ni esperé-, significó que los del bando de aquella oposición al régimen venezolano me señalaran como persona non grata a sus intereses. Por fortuna, como siempre he sido ajeno a todo tipo de capillas políticas y literarias, tanto desdén me ha importado poco, pues reconozco cuáles son las consecuencias de mi independencia intelectual en la feria de las vanidades letradas de América Latina.

Ahora, cinco años después de recibir el premio, y por haber aceptado ser jurado de la nueva versión –compromiso adquirido por ser el último ganador–, nos han tildado, desde aquellos mismos frentes, a los miembros del jurado y a los escritores concursantes de ser narcoterroristas, ya que con este gesto estamos apoyando, según ellos, a un gobierno que posee estos perfiles. Siempre he pensado que la oposición antichavista, a pesar de su inobjetable derecho a la expresión y a la protesta y de que comparto ciertas de sus consideraciones, ha sido proclive no solo al estropicio, sino también a la insensatez.

No quiero entrar en los vericuetos de las mentes que dictaminan, como tribunales de justicia, que concursar o ser jurado del XX Premio Rómulo Gallegos es cometer un acto criminal porque apoyamos así a una dictadura y rechazamos de este modo el ingreso de las bondades de la democracia neoliberal al territorio venezolano.

Si siguiéramos este raciocinio, tan excesivo como radical, significaría decir, por ejemplo, que recibir el premio Princesa de Asturiases aprobar la corrupción de la corona española. O que recibir el premio Nobel, para ir al caso más elevado en el dominio de los galardones, significa cohonestar con la inveterada descomposición que ha ondeado en algunos de sus académicos.

Tal elucubración no solo es estrecha sino perversa y seguirle su pulso es entrar en una danza que terminará mareándonos hasta hacer que nos demos tumbos unos sobre los otros. Los premios literarios impactan el mundo cultural por la calidad de las obras premiadas, y estoy convencido de que debemos apoyarlos porque ellos representan un estímulo que da continuidad a la literatura, y esta es importante por ser el espacio de la imaginación, la libertad y la disidencia en coordenadas asfixiadas por la política.

Ahora bien, se me tilda de ser prochavista cuando nunca he escrito una sola línea de solidaridad con la política de este personaje, como sí lo hicieron en su momento Ricardo Piglia y William Ospina, ganadores del premio. He dicho, y eso lo he expresado con claridad en mis libros, que los gobiernos de tinte militar no me despiertan ninguna simpatía. Pienso que, desde los tiempos de Simón Bolívar, uno de los flagelos que ha caído sobre nuestros destinos latinoamericanos es el militarismo, trátese este de izquierda o de derecha.

De todas maneras, lo que está en juego ahora es un premio literario. Un premio que, bajo los criterios de la calidad artística, se lleva todos los honores en el panorama siempre candente de la literatura hispanoamericana. Basta echar una mirada a las novelas y a sus autores ganadores para darse cuenta de que se está ante una galería respetable de la literatura escrita en español.

El Premio Rómulo Gallegos es una institución cultural y su misión es unir a los pueblos de esta parte del mundo y no separarlos como acostumbran hacerlo los presupuestos políticos. Y no solo es una institución cultural, sino una magnífica escuela en la que muchas generaciones no solo hemos aprendido a escribir, sino a pensar esta región que nos ha correspondido.

Desde Vargas Llosa y García Márquez (comunistas fogosos cuando fueron condecorados), pasando por Uslar Pietri y Carlos Fuentes (demócratas convencidos), por Roberto Bolaño (incrédulo a todas las causas de la política y solo creyente en la literaria) y por Fernando Vallejo (anarquista indignado por las injusticias que padecen los animales por la acción de los seres humanos), hasta un escritor como yo que cree que el mejor camino que tiene el planeta, ante el arribo del cambio climático y la primera de las grandes pandemias, es construir un nuevo orden social enfocado en lo ecológico, el premio Rómulo Gallegos ha sido un termómetro ejemplar de nuestra vida intelectual. Es, justamente, por creer en la riqueza variopinta de este galardón que he decidido ser jurado.

No es verdad que los jurados y los concursantes al premio seamos unos miserables alfiles de un determinado régimen. Estamos en esta órbita porque creemos en el alto valor de este premio que homenajea no a un gobierno determinado, sino a la figura tutelar de Rómulo Gallegos.

Pablo Montoya
El Retiro, agosto 11 de 2020