Hipoteca inversa: ¿los poderosos descubren la gallina de los huevos de oro?

La “hipoteca inversa” ha causado una reacción casi epidémica en millones de colombianos. Hay un rechazo iracundo a la medida, asociada con la avaricia y la infamia. La siguiente reflexión explora algunas consecuencias hipotéticas en otros escenarios.

Por: Ludwing Cepeda Aparicio @LudwikDecimo1ro

Si se examina el asunto con sinceridad, no es difícil estar de acuerdo en algunos puntos propuestos por la “hipoteca inversa”, que sin duda representará un alivio para miles de personas, quienes podrían así acceder a una “pensión”, en muchos casos adicional, y tener así una vejez más digna. Sin embargo, me causa curiosidad los alcances, límites y “bondades” que pueda tener esta lógica financiera “inversa”.

Como primera medida, hay que señalar que los bancos no son enteramente libres de establecer las condiciones y parámetros de los productos que diseñan y ofrecen al mercado, sino que son entidades altamente reguladas y vigiladas por el Estado. El tema de la hipoteca inversa pasa por el filtro del control estatal, lo cual es apenas lógico, además de necesario, con el fin de evitar abusos y arbitrariedades, o que por lo menos estos tengan el menor impacto negativo posible, pues en todo caso la supervisión del Estado no es garantía de inmunidad contra posibles abusos del sector financiero.

De todas formas, resulta inquietante pensar que a partir de la figura de la “hipoteca inversa” puedan legitimarse otros tipos de relaciones contractuales basados en una asimetría marcada entre las partes, es decir, entre una parte dominante (en este caso, la entidad financiera, que establece los términos de referencia del contrato) y una parte débil, en clara desventaja, que hipoteca una propiedad con el fin de obtener un ingreso modesto, o quizá muy modesto, durante sus últimos años de vida, a cambio del cual cede o pone en garantía un bien que, en el momento en que esta persona fallezca, tendría un valor comercial mucho mayor al ingreso mensual total pagado por parte del banco, si es que la persona no fallece poco después de pactar este negocio con la entidad financiera. En esta apreciación, en todo caso, hay varios sesgos financieros en relación con el “valor comercial”, de los que seguramente los economistas sí son muy conscientes, entre ellos, la valorización del dinero prestado y el margen mínimo de rentabilidad que este puede generar a lo largo del tiempo. De todas maneras, la valorización del inmueble en el tiempo puede no ser un factor relevante, en el sentido de que no es que el banco vaya a echarle muela a la propiedad, al menos no en principio.

Esta figura hipotecaria, sin embargo, da lugar a diversas suspicacias, entre ellas, considerar que, más allá de su innegable legalidad, se trata en cierto modo de una figura financiera oportunista y ventajosa, de cuyas anunciadas y publicitadas “bondades” cabe guardar recelos. No existe un humanismo ventajoso, oportunista. Un humanismo de esta índole es un galimatías. Es como prometer bondage sin contacto físico o libre de dolor. No se me ha ocurrido otra analogía. Y tampoco voy a desaprovercharla. El punto es que, más allá de que la “hipoteca inversa” sea una figura enteramente legal y de que para muchas personas pueda representar un amparo económico valioso en sus últimos años de vida, esto no exceptúa que pueda tratarse de una estrategia aprovechada, ni desvirtúa el hecho de que pueda haber una desproporción, si se mira el asunto desde un ángulo diferente, más allá de lo estrictamente legal y de las formalidades contractuales que lo determinan.

Por otra parte, resulta interesante, y quizá también preocupante, sospechar que esta figura contractual pueda extenderse sin problema a otras modalidades y escenarios, como un virus del mundo financiero. A manera retórica, voy a especular un poco. Por ejemplo, los bancos, bajo una figura similar a la “hipoteca inversa”, podrían ofrecer “becas inversas” para que los jóvenes —y otros no tan jóvenes— tengan la oportunidad de estudiar en la universidad que quieran o costearse costosos posgrados en el exterior, e incluso recibir un alivio económico mientras terminan dichos estudios, además del pago del semestre de la matrícula, que quedaría enteramente saldado.

Esta “beca inversa” tendría como prenda de garantía el inmueble de un adulto mayor, quien actuaría como una especie de “deudor póstumo”, o de “deudor solidario inverso”, ojalá de edad bastante mayor, o incluso no tan mayor, en caso de que la propiedad tenga un valor elevado, y que tras el fallecimiento del titular pasaría a ser propiedad del banco, dado el caso que el heredero no esté en capacidad de saldar la deuda respaldada por el fallecido “deudor inverso”, deuda cuyos intereses podrían elevar considerablemente el valor total de la deuda adquirida y desestimar así la secesión del bien hipotecado, por lo cual se optaría finalmente por no saldar la hipoteca y el inmueble pasaría a ser del banco.

Esta “maravilla inversa”, cabe imaginar, también podría aplicarse para el pago de tratamientos o procedimientos médicos (o incluso estéticos) muy costosos que no cubrieran las EPS, con lo cual los bancos, o incluso las compañías mismas de salud prepagada, podrían ofrecer a cualquier persona, sin importar su edad, una especie de “medicina prepagada inversa” o de “seguro médico inverso”, cuyos costos serían saldados hipotecariamente cuando falleciera el “deudor solidario inverso”. Esta estrategia sería algo novedosa. Se me ocurren más ejemplos, pero no quiero excitar ni seducir más a los bancos y otras compañías.

Entiendo que algunos de los casos que he propuesto pueden reflejar una sospecha perversa. Sin embargo, como decía hace un momento, he planteado estos otros escenarios a manera de ejemplificación retórica, para efectos de poder desarrollar mejor este razonamiento. La imaginación, desde luego, siempre es muy prolífica, tanto como la inventiva de quienes buscan lucrarse y enriquecerse.