Protesta afuera de la biblioteca

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La guerra estalló a comienzos del año 2001. En una docena de barrios, entre ellos El Salado, escuadrones de paramilitares iniciaron una invasión armada para desalojar a los antiguos grupos de milicias. Y la sangre de inocentes regó las calles. Por simples sospechas muchos eran asesinados.

Los empleados de la biblioteca decidieron no cerrarla, pese a los estallidos cotidianos. Cuando empezaban las balaceras, pedían a los visitantes que se escondieran bajo las mesas y detrás de las columnas. Prestaban el teléfono para quienes quisieran llamar a sus casas y no dejaban que nadie se acercara a las ventanas. En la zona muchos morían por acercarse a balcones y ventanas.

“Recuerdo una vez que empezaron a disparar – dice Consuelo Marín-. Bajamos a los pequeños del segundo piso y los ubicamos bajo las escaleras. A mí me dio por maquillarme, y les decía a las niñas: Vengan, metámonos aquí debajo, yo me maquillo, que ahora voy para una reunión. Y si me muero, me muero bonita. Entonces las puse a que me ayudaran a maquillarme porque estaban llorando. ¿Y en ese momento qué tenía qué hacer para distraerlas? ¡Pues de payaso!, porque de todos modos yo también estaba llevada. Como no acababan los enfrentamientos y seguíamos ahí, tomé unas tijeras y las puse a que me ayudaran a arreglar un saquito que estaba lleno de motas de lana. Pero al final me lo llevé todo roto para mi casa, porque del miedo metíamos las tijeras por donde no era… Recuerdo que aquí se presentaban balaceras que duraban hasta una semana completa, claro que con recesos esporádicos de media o una hora. Tiempo en el cual la vida normal del barrio se restablecía, como en el cuento Hielo y fuego de Ray Bradbury, que recrea la vida en un planeta con las condiciones de máximo calor y máximo frío. Y al mediodía, entre la transición del máximo frío a la máxima temperatura, hay un equilibrio para la vida. En ese momento, en esos segundos del mediodía, hay vida en ese planeta. Así pasaba aquí, en esos segundos de calma en que callaban las metralletas todo se restablecía y volvía a surgir la vida. Los niñitos se iban para sus casas o las mamás llegaban por ellos. Bajaban los buses donde te montabas y subían los que esperaban para entrar. Se restablecía la vida rápidamente. Con más vértigo, pero se restablecía. Esos intervalos alcanzaban para hacer lo que había qué hacer, y no duraban mucho. Los más largos eran de una hora, o una hora y media, hasta que todo volvía a empezar”.

Eran los niños quienes más visitaban la biblioteca en los días de guerra. Los empleados del lugar trataban de proyectarles películas, leerles cuentos y entretenerlos de alguna manera, para evitar que salieran al peligro de la calle. Pero muchos de ellos terminaban durmiéndose en los rincones y los muebles de la sala de revistas, por el trasnocho obligado de los enfrentamientos nocturnos de una guerra que culminaría en el mes de noviembre del año 2002.

Los militares y paramilitares resultaron victoriosos tras aplastar la resistencia miliciana. Y la tensa calma llegó al barrio, con los días y los meses. La biblioteca cerró sus puertas durante la semana de intensas operaciones militares, y luego las abrió para el retorno de los niños a la sala infantil de cuentos, los adultos que leían las noticias de prensa y los jóvenes que asistían a las proyecciones de rock.

3 comments

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