Pato de tiro al blanco

“Tomó mucho tiempo tomarle confianza al barrio –recuerda Willian-. Uno seguía en el mismo vecindario, sin atreverse a salir a otro lugar. Pasaron como cinco meses antes de que yo caminara hasta un barrio vecino, y lo hice con mucho temor. Entonces fuimos recuperando la confianza y empezamos a recoger a los amigos que quedaron. Intentamos hacer un club juvenil, pero no funcionó. Los ánimos estaban como caldeados. No sé. Creo que la gente quedó aburrida, triste. La montaña de atrás quedó triste. Primero uno subía allí muy contento, en paseos en los que hacíamos fogata y comíamos frutas. Pero quedaron rumores de que por ahí enterraron minas quiebra patas y cavaron fosas comunes. Por eso la montaña se volvió espectral, como si por allí pudieran verse los muertos. La verdad es que a mí el barrio todavía me daba miedo. Se convirtió en una especie de cárcel y no vivía contento en él. No me sentía libre del todo. No me iba porque no tenía para dónde. Vi esa misma expresión en todo el mundo, como la tristeza, el estrés de estar ahí. El por qué, por qué nos tocó a nosotros, por qué tan abandonados. Y la resignación. La sospecha de que en cualquier momento volvería a iniciar todo de nuevo, porque circulaba el rumor que quedaban miembros de la guerrilla camuflados entre la gente. Apenas ahora, años después, es que trata de cogérsele confianza al barrio. Sin embargo, yo soy de los que todavía desconfío, porque cada día hay más gente extraña. Ya uno no conoce ni a la mitad del barrio. Cada día hay mayor control paramilitar. Entonces las muertes ya son selectivas. Sacan a alguien de la casa y lo dejan en otro barrio, apuñaleado. Ya no se escuchan balas, pero la gente sigue muriéndose a puñaladas. Y uno ve sujetos que supuestamente son paramilitares y dizque cuidan el barrio. Pero el problema es cuando ellos no lo reconocen a uno, que no saben que uno es de allí. Entonces se siente el peligro. De hecho, una vez me detuvieron, como en enero o febrero del 2005. Fue ingresando al barrio El Salado. Era un domingo en la mañana, soleado. Yo venía de la casa de un compañero, con quien hacía un trabajo para la universidad. Caminaba desde el metro, como siempre, y cuando pasaba cerca de la parroquia vi a tres muchachos por ahí sentados. Pasé derecho, normal. Pero más adelante me llamaron:

–Ey, viejo, venga. ¿Usted quién es? –me preguntó uno de ellos.

–¿Ah? ¿Quién soy de qué, o qué?

–Sí. ¿Usted quién es? ¿De dónde viene?

–Este… Mi nombre es Willian Díaz –les dije, pues entre otras cosas, quién es uno es la pregunta más difícil del mundo-. Sí, soy Willian Díaz.

–No, no. De dónde es –me preguntó.

–Yo soy de aquí. Vivo allí arriba en Cuatro Esquinas… a ver… qué más te digo.

–No, no, cómo así que qué más te digo. ¿Usted quién es? ¿Usted es del barrio?

–Bueno… llevo diecisiete años aquí. Y si eso no es ser del barrio, no sé qué lo será –dije, en un tono decididamente irritante.

–No. Este man qué. Usted es loco o qué. –dijo otro de ellos.

–No hermano, ustedes son los que me están preguntando.

–Pero yo no te había visto por aquí.

–Y entonces ¿cómo así? Yo vivo por aquí. ¿Qué hacemos pues? Si quiere subimos a mi casa.

–No, no. Dígame usted a quién conoce.

–¡Ja! ¿Que yo a quién conozco? –dije, pensando: “Cómo es eso de que a quién conozco. O a quién conozco que usted conozca”-. En serio, yo soy de aquí. ¿Acaso no puedo venir a mi casa?

A uno de ellos le estaba molestando mi actitud. Había uno moreno y dos blanquitos, más bajitos. Pero el moreno era como buena gente. Se reía mucho.

–¿Entonces cómo hacemos? Si quieren, vamos a mi casa.

–No, no. ¿Entonces por qué la gente le está echando dedo?

–¿Hummm? No sé. ¿Quién me está echando dedo?

–Sí, es que todo el mundo lo observa. Usted no es de aquí.

–Como le digo, si quiere vamos a mi casa.

Hasta que pasó alguien conocido. Uno de los Rayeros, una familia que vive arriba de mi casa y les dicen los Rayeros.

–Hey, Rayero, vení. Contale a estos manes que yo soy del barrio.

–Ah sí, sí hombre. Él es el hijo de la señora gordita.

–No, es que este man está muy sospechoso –dijo uno de ellos.

–¿Qué? –Rayero me miró-. No, no. Normal.

–Entones váyase pues –dijeron al fin.

–Ah, entonces suerte. –les dije y salí para mi casa.

Fue una situación muy incómoda. Sentí miedo y rabia.

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