Pato de tiro al blanco

No regresaba a casa hasta que se hacía tarde. A las ocho o nueve de la noche. “Si me van a matar a las nueve –se decía-, me matan a las cinco, a las seis, o a cualquier hora que llegue”. Para él, la cita con la muerte podía esperar. Entonces tomaba el metro y se bajaba en la estación San Javier, que era la más cercana al conglomerado de barrios de la Comuna Trece. Luego emprendía a pie el recorrido de veinte minutos que necesitaba para llegar a su casa. Y al avanzar por las calles del barrio San Javier, que era un sector tranquilo de clase media y casas con garaje, Willian podía escuchar las balas tronando a lo lejos, en la atmósfera de su barrio. Así se daba cuenta, según la intensidad y la repetición de los disparos, qué tan frágil estaba la vida en aquella ocasión. Pero también había noches espectrales en que el silencio ahogaba todo alrededor. Como si las calles, las casas, los árboles, estuviesen aguantando la respiración. Entonces seguía avanzando, con el aumento en su pecho del ritmo cardiaco. Pasaba cerca del parqueadero de buses, que estaba en la entrada de su barrio y lo encontraba desierto, sin policías, sin militares. Continuaba tembloroso con un nudo en la garganta y casi levitando por un estupor incontrolable. A medida que se internaba en las callejas solitarias y fantasmales escuchaba más claro el eco de sus pasos, mientras un sudor frío bañaba su frente y espalda: sentía que en cualquier momento alguien oprimiría el gatillo desde algún lugar oculto en la noche y le atinaría con facilidad, como un pato de tiro al blanco. “Siempre. Siempre esperaba el berraco balazo”, dice él. Nunca podía sentirse de otra manera al caminar las calles de su barrio. Era sólo un pato de tiro al blanco.

“Cuando el gobierno llegaba a tratar de recuperar la zona, aquí, en el barrio, los veíamos como otro grupo más. Y los militares sí qué traían abundante munición, que disparaban sin reservas. Para nosotros no significaba que llegaran los libertadores, o que el gobierno quisiera hacer algo por nosotros. No, era un grupo más, otra posibilidad de morirse y eso era todo. Nunca he sentido respeto por el gobierno ni por la policía porque no me he sentido seguro con ellos. Pero a quien más temía yo era a los paramilitares que estaban tomándose la zona. Sabía que eran muy crueles. Tenían fama de hacer cosas terribles en el campo, como despedazar campesinos con motosierras o amarrarlos de un árbol para mutilarlos con machetes. Los milicianos aprovechaban ese temor de la gente para infundir más miedo y presión. Y para que nosotros los apoyáramos. ‘Si los paracos se meten aquí, todos se mueren’, solían decirle a la gente. Nunca quise conocer a un paramilitar, y ahora tampoco quiero hacerlo. Yo a un guerrillero le tengo miedo, pero a un paramilitar le tengo pavor, P-A-V-O-R. Sin embargo, al final terminé pensando: A ver, si se meten los paramilitares… ellos no pelean con el gobierno y se acaban las balaceras. ¡Sí, esa es la solución! Si se meten los paracos, simplemente cambiamos de régimen ¡y listo, no pasó nada! Yo siempre me he portado bien y no le debo nada a nadie. Si algún día van a entrar, entonces que lo hagan de una vez, sin tanta vaina”.

Un miércoles en la noche, a finales de febrero del año 2002, Willian perdió a uno de sus amigos. Ocurrió mientras jugaban un partido de fútbol y fueron atacados en una noche que en principio parecía tranquila. Ese acontecimiento en particular, ser testigo de cómo le disparaban a él y a sus amigos mientras pateaban la pelota, influyó mucho en sus actitudes y maneras de pensar. Esa imagen de Óscar Iván ensangrentado en mitad de la cancha lo marcó de manera definitiva y desde entonces dejó de ser el mismo, adoptando una actitud cada vez más sombría y pesimista. Estaba convencido que no tenía por qué estar vivo, aunque lo estuviera. ¿Porqué salvarse él si a su al rededor todos estaban cayendo? Su vida se volvió más efímera y carente de sentido. “Ahora escucho que matan gente, y ya no me importa tanto. Es como si me hubiera acostumbrado a la muerte. Dicen que se murieron cinco, que mataron a diez, y pienso ‘sí, es lo normal, lo de todos los días en Colombia’. A muchos nos dejaron sin el deseo de aferrarnos a la vida, de tener esperanzas, de creer que la justicia existe. Ahora espero que la vida me dé lo que quiera. No espero justicia en ningún momento. Ese concepto cambió mucho para mí. Ninguno de nosotros volvió a jugar fútbol hasta mucho después de la Operación Orión. Y al tiempo, cuando volvimos a la cancha, alguien estallaba una bolsa de aire y nos asustábamos. Queríamos correr, pensando que nos  dispararían de nuevo. Ahí entendí que no tenía que tomar parte en algún grupo para que me asesinaran, sino que nos estaban matando por gusto. Por placer. Fue entonces cuando pensé “ya me van a dar” cada vez que subía para mi casa. Y a toda hora buscaba con la mirada el fusil que iba a dispararme”.

Maritza, la novia de Willian, vivía bastante preocupada por su suerte, y su salud mental. Siempre estaba atenta, llamándolo para cerciorarse de que estuviera bien. Sus padres le permitieron que se quedara durante un tiempo en la casa que construían en Campo Valdés, otro sector de la ciudad y al fin él pudo descansar de la angustia que a diario lo oprimía.

Willian Díaz regresó a su barrio Nuevos Conquistadores a comienzos del año 2003, y encontró que el lugar era más extraño que nunca. Ya la operación Orión había obligado el fin de la guerra, y sólo de vez en cuando se escuchaban ráfagas de ametralladoras. Pero un silencio incómodo dominaba el ambiente general, y las miradas, nerviosas y suspicaces, hablaban de la desconfianza mutua que habían causado los policías y militares. Ellos ya estaban allí, haciéndose al control. Y entre ellos, discretamente, estaban los paramilitares. Había delatores por todas partes, que acusaban y señalaban a los supuestos amigos de los  subversivos. Algunos de los capturados eran llevados ante la justicia. Y otros, por siniestras razones de la inteligencia colombiana, eran entregados a los paramilitares al servicio de Don Berna, para ser desaparecidos o torturados. Sólo dentro de las casas, en lo más íntimo, podían fluir los rumores, sobre el sufrimiento vivido, y aún soportado.

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