Pato de tiro al blanco

Me preparé tan rápido como pude. Acudí a la cocina para recibir mi desayuno y me empaca mi madre, y a continuación partí para la universidad.

Bajé la cuesta a paso largo, y a medida que bajaba, se me unían vecinos que se dirigían a sus trabajos. A lo lejos se escuchaban disparos. Como siempre, prestamos atención al lugar de donde provenían para saber cuál era la ruta menos peligrosa para salir del barrio. El sonido de las balas nos indicaría el camino a seguir. En cuanto llegamos a la parte plana de El Salado, se presentó un enfrentamiento en la parte baja de Nuevos Conquistadores, justo tres cuadras atrás de nosotros. Devolverse significaría el suicidio. Adelante aún no había balas, de modo que aceleramos el paso para salir de allí lo más pronto posible.

A medida que avanzábamos, se nos unía más gente dispuesta a llegar a sus lugares de trabajo. Ya éramos un grupo bastante grande. Cuando llegamos a la biblioteca y pasamos por el puente hacia la urbanización San Michel, empezaron los disparos dirigidos a la Terminal de Buses, la cancha y por entre nosotros. Las balas nos pasaban por los lados y zumbaban por encima de nuestras cabezas. Podíamos observar sus impactos en las hojas de los árboles, en la grama y los postes de energía. Correr no era una buena idea, porque cuando uno corría le tiraban a dar. Tenderse en el suelo tampoco era seguro, dado que caminábamos por una montaña y quienes disparaban, lo hacían de arriba hacia abajo. Sólo quedaba caminar hacia los postes o hacia un camión que estaba más adelante. Fue entonces cuando uno de mis vecinos recibió dos impactos de bala en el hombro derecho. Quise ayudarlo extendiéndole la mano y casi arrastrándolo a mi lado, pero cuando llegábamos al camión, otro disparo le alcanzó una pierna. Detrás del camión estaban tendidos soldados del ejército, motivo por el cual los rebeldes dispararan al azar por todo el trayecto. Los soldados igual. Disparaban hacia el barrio como tratando de atinar a los fusiles que los hostigaban implacables. Cuando quisimos escondernos tras el camión, los soldados nos ordenaron continuar el camino. No podíamos quedarnos allí. Quise cargar a mi vecino herido, pero tampoco me lo permitieron. Lo único que pude fue arrinconarlo contra un poste. Caminamos agachados, como militares sin entrenar, hacia nuestra libertad. Pero al llegar a las partidas de La Loma, recrudeció nuestra desgracia. Allí, entre los fusiles y la montaña, encontramos más gente tirada en el suelo. Las balas provenían de tres puntos cardinales, con la única respuesta de dos policías que disparaban a todos lados, acostados detrás de las llantas de un bus. El pánico se apoderó de una señora. Trató de correr a su casa, pero afortunadamente la detuvimos y logramos convencerla de que hacia arriba las cosas estaban mucho peor.

Las balas se acercaban cada vez más. Los infractores lograron darle a un agente, que quedó mal herido sobre los vidrios quebrados de las ventanillas del bus, que desaparecían una por una. Yo estaba paralizado. Por primera vez no sabía qué hacer. Mis pensamientos se tornaron borrosos. Estaba perdido en medio de una náusea que me hacía ver las cosas como en una pesadilla. Creí que sería mi fin. El otro policía continuaba disparando y tratando de proteger a su compañero, que también hacía lo propio, a pesar de las heridas. Tomó el radio y pidió auxilio. En pocos minutos llegó una tanqueta cargada de soldados, que de forma espectacular devolvieron a los rebeldes a punta de tiros de fusil y ametralladora.

Junto al bus, la tanqueta era el mejor de los escudos. Cuando notamos que los disparos enemigos se habían alejado un poco, todos echamos a correr hacia el centro de salud, con las manos en alto para mostrar que no estábamos armados, pues inmediatamente los soldados de en frente nos apuntaron con sus fusiles. Pero nosotros no les prestamos atención, porque sólo queríamos salir de aquel infierno. Mis piernas aún temblaban. No supe cuándo tomé la iniciativa de correr, sólo sabía que no podía parar.

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