Pato de tiro al blanco

Ilustraciones de Jeferson Úsuga

En Medellín se habla a menudo de las balas perdidas. Y un indeterminado, pero gran número de sus habitantes, se han sentido amenazados por esa incómoda sensación. Una bala perdida es, en esencia, un proyectil disparado por un arma, que impacta en personas o cosas no premeditados por el atacante. Puede ser aquella que rompe el vidrio de una ventana, revienta una maceta de begonias encaramada en un balcón, o atraviesa el cráneo de alguien que simplemente asomaba a la puerta de su casa para ver de dónde provenía la algarabía. Las balas perdidas suelen resultar de los disparos que hacen los atracadores de tiendas, los ebrios armados y los sicarios que fueron pagados para asesinar a alguien. También de los enfrentamientos entre bandas armadas o el cruce de disparos con la policía. Las balas perdidas representan cada año un excedente en el número de víctimas en Medellín, desde que a partir de la década del setenta aumentó la posesión de armas en esta ciudad por las mafias del narcotráfico, las bandas delincuenciales y las milicias populares. Si a un sicario le falla la puntería en el cumplimento de su misión asesina, es probable que no sólo dé muerte a su objetivo inicial, sino que también asesine a un anciano y deje paralítica a una niña que pasaba por allí. En 1993 un hombre perdió su testículo derecho por causa de una bala perdida disparada por un policía que perseguía a un ladrón. El hombre se encontraba frente a un bar, cerca del tiroteo, y su esposa demandó luego al Estado Colombiano por arruinar su vida sexual. El 4 de julio de 2009, luego de que dos bandas de jóvenes armados comenzaran a enfrentarse, una misma bala perdida hirió a un niño de seis años y a una señora. La bala impactó en un pasamanos de hierro, hirió al niño en una pierna y siguió hasta alcanzar a una señora que estaba cerca. El 22 de enero de 2010, Francisco Estrada, un anciano de 77 años, murió por causa de los disparos de dos sicarios que llegaron al barrio La Isla para asesinar a Estiven Becerra, joven de 23 años. Casos como éstos se repiten por decenas en Medellín, todos los años, sobre todo en las zonas disputadas por bandas. Las balas perdidas se convirtieron en una amenaza doméstica en la cotidianidad de los barrios de la ciudad, incluso en sectores de clase alta, y el temor a ser alcanzado por una se arraigó fuertemente entre los demás temores ordinarios de sus habitantes.

Willian Díaz, un joven estudiante universitario, era de aquellos que andaba todo el tiempo perturbado con la sensación de que un arma estaba a punto de dispararle. Al recorrer las calles de su barrio se sentía como caminando por un enorme campo de polígonos, donde él representaba a un pato, amarillo y vistoso, al que tarde o temprano le atinarían. Allá arriba, donde estaban aquellos que disparaban hacia abajo, alguien tenía una bala justo para él. Pero vivía horas extras porque aún no le habían atinado. Esa sensación aumentaba con los días, por todo aquello que vivía y veía alrededor, como la experiencia que una vez escribió en un pupitre de su universidad, bajo el título Fuego Cruzado:

La mañana estaba más fría que de costumbre. Desde las tres me habían despertado las armas de fuego que escupían balas de tanto en tanto. A veces es difícil conciliar el sueño, sobre todo cuando los tramacazos son demasiado cerca. Me levanté con una duda. Pensé que había soñado nuevamente con la guerra y sus ráfagas de fusil merodeando mi casa –a veces no sé si son sueños o realidades que vivo entre dormido–; la duda desapareció cuando escuché un helicóptero sobrevolando el barrio y a su paso una orquesta de disparos que parecían «la hora de llegada». Como los disparos sólo se presentaban cada vez que pasaba el helicóptero, pensé que él era la causa del alboroto de hoy y que no sería necesario faltar a clase esta vez –ya había faltado muchas veces–.

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