Gloria y el ángel de la Esperanza

Leandro duda que Gloria vuelva a caminar. En ocasiones amanece mal humorado y es ella quien tiene que aguantarlo. Cuando hablan sobre el tema, Gloria acaricia su cabello y le dice que entiende su rabia, su dolor y su fatiga. Pero no tiene otra opción que pedirle que siga ahí, con ella, porque es lo único y lo más valioso que tiene. Y sin él, simplemente ya no estaría viva ni valdría la pena vivir.

Gloria tiene más esperanzas que Leandro. Piensa que los médicos también se equivocan y sólo Dios tiene la última palabra, la última voluntad.

Algunos amigos de Leandro, los más cercanos, le aconsejan que empiece una nueva vida, al lado de una mujer más joven que pueda darle lo que se merece y, sobre todo, que pueda caminar. Él dice que no la dejaría por nada en el mundo. Aunque tenga que trabajar el doble y casi no duerma en las noches. Aunque haya tenido que renunciar a ella como mujer. Aunque sus amigos no entiendan las razones para continuar ahí. Porque ella no es sólo su esposa. Es la mamá de sus pequeños Juan Manuel y Diego Alejandro, de seis y once años. Es la mujer que en años anteriores, cuando estaban más jóvenes, le consiguió el primer empleo serio: soldando metales en una empresa de antenas parabólicas.

Afuera cesa la lluvia. Leandro sube a Gloria en la cama para que descanse un poco de la silla de ruedas. Se sienta a su lado y platican en voz baja. Un gélido viento entra por la ventana y hace ondear la cortina blanca.

—Ella se merece todo en la vida –dice él mientras la mira-.

Gloria sonríe tímidamente, no tiene que decirlo: Leandro y sus hijos son todo lo que le queda. Y pese al pronóstico de los médicos, aunque por ahora todo sea una pesadilla, aunque siga lloviendo en su alma y en la de Leandro no escampe, ella cree que un día amanecerá y se levantará de esa silla.

Octubre de 2004

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