Gloria y el ángel de la Esperanza

Al fin llegó la interrupción anhelada. Los insurgentes dejaron de disparar por un instante, y Gloria salió entre las personas que caminaron primero. No había avanzado mucho cuando sintió un disparo ensordecedor y una fuerza que la arrojaba como una muñeca por el pavimento. Sin ánimos para levantarse, palpó su vientre y no encontró nada. Luego pasó a la espalda y ahí estaban: gotas de sangre. Se convertía en una víctima más de las cientos que produjo la guerra en los barrios de la Comuna Trece.

A Gloria le encantan los atardeceres, pero ahora sólo puede verlos desde el balcón o la ventana de su cuarto: Los médicos le aseguraron que no volvería a caminar por lo averiada que había quedado su columna. Ella cree que sí volverá a hacerlo, pero necesita terapia. Durante un tiempo asistió a las sesiones que recibía en el Comité de Rehabilitación de Antioquia, en el barrio Prado, pero hace unos meses no acude por falta de dinero para pagar el taxi. Peor aún, tampoco tiene quien cargue su silla y su cuerpo por las escalas de su barrio.

El Estado costeó sus primeras atenciones médicas, pero ignora el resto, la otra parte de la historia. Es Leandro quien asume el alto costo de los medicamentos. Pero cada vez le alcanza menos con la paga de una empresa en banca rota. Gloria lleva un par de meses elaborando manualidades para vender. Empezó con tiras de sostén, y luego aumentó la oferta con aretes, collares y pulseras. No gana mucho dinero, pero al menos la distrae un poco de pensar en su forzado encierro y la condición en que se encuentra.

Es un domingo magnífico a finales de agosto. Del cielo blanco se desprenden algunas gotitas rezagadas y un viento delgado entra por las ventanas de madera. Parece un día normal, pero no lo es. Al menos para Gloria y los suyos, que aún no se acostumbran a la anormalidad de sus nuevas vidas.

SOLOS Y JUNTOS

La familia de Gloria se alejó cuando ella más la necesitaba. Casi nunca van a su casa, y cuando lo hacen, permanecen callados y simples. Ella trata de hablarles pero aquel aire cortante la desanima.

“Recuerdo cuando estuvo en el hospital –comenta Leandro-. Yo debía cuidarla en la noche y al día siguiente tenía que ir a trabajar. Así sucedió varios días. Pero ellos nunca se ofrecieron a cuidarla. Y no sólo eso, cuando aparecían y me veían fatigado, sin dormir, ni siquiera me saludaban o se despedían. Son muy simples. Como sin alma. Nunca vienen, pero cuando lo hacen, prefiero mantenerme alejado de ellos. No porque me caigan mal, sino porque son demasiado simples”.

Desde entonces, Leandro es el único que ha estado ahí. Sabe lo mucho que ella lo necesita en casa para que lave la ropa, barra el piso, le haga curaciones, le ayude a cambiarse, la lleve al baño, la suba a la cama. Él tiene que estar en todas partes: soldando metales para las cocinas industriales, haciendo los oficios, atendiendo a su esposa y procurando ser el mejor ejemplo para sus hijos.

Leandro se siente cansado, solo y deprimido. Sabe que ahora sólo lo tiene a él, y eso le llena de aliento para seguir ahí. Pero otras veces se desanima. Quisiera tirar la toalla y lo invade un fuerte resquemor hacia la familia de ella por su actitud tan indiferente, por dejarlos tan solos en aquella desgracia. “Porque Gloria, antes que mi esposa, es su hija”. Pero sobre todo, se siente triste por las circunstancias en que lo pusieron aquellos dementes que llegaron a su barrio para matar y herir a todo mundo.

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