Gloria y el ángel de la Esperanza

Ilustraciones de Jeferson Úsuga y Brayan Castañeda

En tres actos

Primer acto:

Leandro

Leandro está en la terraza recogiendo la ropa, el cielo está gris y en el aire flota cierta humedad. Es seguro que lloverá, y seguirá lloviendo porque los meses que vienen son de invierno. Leandro lo sabe, pero en cambio ignora si tendrá que ver y soportar las lluvias venideras desde las ventanas y el balcón de su casa, o para entonces tendrá un empleo y no le quedará tiempo para enterarse si afuera estará lloviendo. Por eso anda pensativo.

Gloria está abajo, en la cocina, pelando las guayabas para licuarlas en leche y tener lista la sobremesa. Todo lo que utiliza es de metal: la alacena, los vasos, las ollas y el lavaplatos. Leandro los fabricó en la empresa de cocinas industriales donde trabaja. Y la mesa de cocina, que antes era más alta, tuvo que bajarla un par de centímetros para que quedara al alcance de su esposa. Gloria lo llama porque el almuerzo está listo, pero Leandro le grita desde la terraza que no tiene apetito. Ella le sirve de todos modos y le envía el plato con Juan Manuel, su pequeño de seis años. El plato también es metálico. Leandro contempla su contenido: carne con arroz, papas y ensalada. No tiene más alternativa que recibir. Al fin y al cabo no puede negar que su esposa cocina exquisito. No puede evitar que de momento regrese el apetito.

Viven en el segundo piso de una casa de tres niveles que construyeron cerca de un arrollo, entre los altos callejones del barrio El Salado. Aquella casa está rodeada de  san joaquines con flores rojas y enormes; y en el patio se irgue un árbol de aguacates del que han tomado centenares. Las hojas de los árboles, las escaleras de los callejones, todo alrededor y la casa de Leandro, están siendo mojados por la lluvia. Él está adentro, en el tercer piso, come mientras mira por la ventana la llovizna que crepita en el tejado. Sigue meditabundo, como masticando sus pensamientos en cada cucharada. Van dos semanas de estar en casa, haciendo los oficios domésticos, y atento a Gloria. Afligido de verla así y preocupado por la cirugía que se avecina. Para ajustar, además del aire frío de comienzos de invierno, lo envuelve una incertidumbre por la decisión final que tomará su jefe sobre los designios de la empresa: liquidarla, o hacer el último empujón para sacarla de la crisis.

En el aspecto viejo y cansado de su jefe, Leandro parece prever el veredicto. La llovizna tenue se convierte en aguacero, luego escampa y el viento sigue igual de frío.

–Algo tendré que hacer –dice, contemplando el horizonte gris de la ventana-. Yo no los puedo dejar así en estos momentos.

GLORIA

Hoy es un día más en que Gloria carga con el peso de la guerra. Hace dos años se acabó, pero ella aún tiene que padecerla y tenerla presente. La guerra está ahí, como un fantasma agobiante, cada mañana, cada tarde y cada noche. En la sala, en la cocina, en los sueños, en las ganas de ir al baño, de salir a caminar, de dar una vuelta.

La guerra llegó para quedarse en su vida en la tarde del 26 de julio del año 2002, días en que todo no era más que odio, balas y dolor. Ella llegaba en taxi de su trabajo de empleada doméstica, pero tuvo que bajarse en la entrada del barrio porque los vehículos no ingresaban a causa de los enfrentamientos. Se quedó entonces esperando a que el fuego cesara, frente al hospital Jesús Peláez, cerca de la entrada a los barrios.

A su alrededor había un grupo de personas en las mismas circunstancias.

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