Enfermeros en horas extras

Nunca llegó ese personal extra que se necesitaba para reforzar el servicio de atención en medio de la barbarie. Pero en vez de eso, los militares parecían multiplicarse con el paso de los días, tanto como los heridos y muertos. Al final, ese ir y venir de los agentes en el hospital hizo realidad el presentimiento que en un principio tuvo Patricia: los milicianos, al perderle respeto a la misión médica, hicieron correr los rumores de que en cualquier momento dispararían contra el edificio, lo atacarían con un rocket o secuestrarían a alguno de sus empleados. Para entonces, los trabajadores del lugar ya estaban hartos, tanto como los mismos pobladores del lugar, que vivían en carne propia las consecuencias de una guerra urbana. “Mirá –dice la enfermera Particia-, llegó un momento en que la gente estaba tan agotada por motivo de las balas, que un día varias personas salían del metro y venían por toda la calle. Yo los vi y les dije: Hey, no suban, que miren como están dando bala. Y la respuesta que me dieron fue ¡Ah!, yo tengo mucha hambre, estoy muy cansado y tengo que ir a comer. Llegó un momento en el que yo también estaba así, agotada y con mucha rabia. El día que vinieron de la Defensoría del Pueblo y los militares se retiraron, entraron aquí como cinco o seis pelaos. No tenían siquiera trece o catorce años, y uno de ellos me dijo: ‘Vea piroba, si aquí hay un policía’, le quiebro a usted la cabeza. Yo estaba tan cansada que le dije: Y yo le bajo los calzones a usted, culicagado de mierda, y le doy una pela. Él tenía un arma, pero a mí no me importó porque ya estaba cansada de todo y no quería más guerra”.

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