Enfermeros en horas extras

“Me gustaba trabajar en la noche, pero muchas veces tenía que quedarme reforzando el turno hasta las tres o cuatro de la tarde porque la situación estaba muy difícil, y de esta manera el turno se me alargaba hasta doce y veinticuatro horas. En ocasiones tuve que ir a presentar exámenes universitarios con el uniforme ensangrentado, como si trabajara en una carnicería, porque no me daba el tiempo para ir a cambiarme. Hasta que no aguanté, y tuve que retirarme de la universidad”.

Teresita Ospina, una mujer delgada y de piel canela que también trabajaba allí como auxiliar de enfermería, también trabajaba horas extras que jamás le eran pagadas, pero nada podía hacer más que quedarse para atender a la enorme cantidad de cuerpos ensangrentados que todo el tiempo estaban en la puerta del hospital.  “Me parece que se venían era como por tandas –recuerda ella-. Llegaban diez, quince, o veinte cuerpos, y si uno estaba comiendo, tenía que pensar nada más en atender a los pacientes. Listo, se despachaba y ya. Llegaba un momento en que ¡Ya pasó todo! Y nos sentábamos a abrazarnos, a llorar. O a veces uno tenía que parar y decir ¡No soy capaz!, y ahí mismo irse a llorar. Yo era muy chillona… y me repetía a mí misma: es que me prepararon fue para atender heridos, para atender pacientes, y no para hacerlo en medio de una balacera, de una guerra. Nunca me dijeron: es normal que usted esté en medio de una batalla y atienda todo lo que llegue. Nunca se me olvidará algo que aún me parece verlo ahí. Que entre tanta violencia y tanta cosa, llegó una pareja de ancianos, como de sesenta o setenta años. La viejita tenía un trapo amarradito en el cuello, ¿qué les pasó?, que los iban a desnucar con una segueta. A ella le cogieron el cuello, pero no lograron agarrarle las venas. El viejito sí llegó con la cabeza casi suelta. Aunque lograron salvarse. Como la piel de ellos es muy frágil, la segueta no pudo moler bien. Me preguntaba hasta qué punto llegaban a ser tan viles y crueles, y me imaginaba al tipo encima, tratando de partirles el cuello como si fuera gallinas. La viejita dice que se tiró por unos solares y por eso logró salvarse. Y logró salvar al viejito, porque por seguirla a ella dejaron de triturar al pobre”.

“Yo nunca había visto el personal tan afectado –dice la enfermera Patricia Parra-. Cada dos o tres minutos teníamos que abrazarnos. Porque si no, no éramos capaces de seguir. Muchas veces yo llegaba donde mis amigos a contarles todo lo que había vivido, y a llorar y a llorar, porque por algún lado tenía uno que desahogarse”.

Nadie los obligaba a quedarse horas extras, y no obstante, ahí estaban siempre. Llegaban lo más temprano que les era posible y desde que entraban tenían que correr de aquí para allá para asistir a los moribundos, llevar al cuarto trasero a los que morían, arrojarse al piso y esconderse bajo las camillas cuando sentían disparos cerca, llorar en un rincón o hacerlo en el pequeño cuarto donde cambiaban de ropa. En es mismo cuarto, pequeño, se escondieron para refugiarse unas veinticinco personas, la vez que escucharon una explosión tan estruendosa que pensaron que estaban atacando el centro hospitalario. “Otros se metieron bajo las camillas –dice Teresita-, y el hijo de un paciente que estaba muy delicado, lo levantó de la cama, lo arrojó al piso y se acostó sobre él, para protegerlo. No me explico en qué momento sacó fuerzas para cargar a ese señor tan pesado y acostársele encima”.

En otra ocasión similar corrieron hacia la parte trasera del hospital que estaba en construcción, en obra negra, empantanada y sin luz. Un auxiliar abrió la puerta de una patada y todos en tropel corrieron a esconderse allí dentro. Pero al rato salieron de nuevo, tras comprobar que no era contra el centro hospitalario que estaban disparando. “Recuerdo que ese día estábamos pasándole la sonda a una ancianita –dice Adriana, otra enfermera-, y se quedó así sin calzones ni nada porque en ese momento de la balacera, la muchacha que se la estaba pasando se tiró al suelo, bajo la camilla de la señora. Y cuando pasó todo, ella dijo: ¡Ay!, no me acordaba de esa señora. Y me asomo yo, la veo allí, toda destapadita. Después de que sucedían las cosas es que uno empezaba a recordar, y a llorar. Todo lo que tenía que enfrentar esa gente por los sitios y las condiciones en que vivían, con más riesgo por habitar una casita de madera o de lata y sin poder irse por no tener hacia dónde. Era quédese o quédese. También recuerdo mucho un niño de seis años que nos trajeron muerto de un balazo en la cabeza, como a las cinco de la tarde. Pero no lo trajo la mamá sino los hermanitos. Creo que ellos estaban solitos encerrados y la mamá estaba trabajando. Y recuerdo cómo se veía el cuadro: todos esos muchachitos alrededor de la camilla, sin saber qué hacer, con tristeza y sentimientos de culpa porque era su obligación cuidar al hermanito. ‘Yo qué le voy a decir a mi mamá’, decía el niño mayor. Ellos no estaban en la calle. Fue una violencia que los tocó ahí mismo dentro de la misma casa. Eso para mí fue desgarrador. Mortal”.

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