Enfermeros en horas extras

Pero él seguía sin encontrarle nada. Entonces la pusieron sobre una camilla, él le quitó la sábana que le envolvía la cabeza y al otro lado no encontró nada de la masa encefálica. “El balazo le había volado toda la tapa”, recuerda. Quedó realmente desconcertado, indignado, lleno de dolor, sobre todo porque no había nada para hacer. Sabía que la niña estaba clínicamente viva, pero cerebralmente muerta.

“Algo muy particular, e irónico –recuerda Carlos-, es que en un lapso de tiempo, entre más o menos las nueve de la noche y las dos o tres de la mañana, no llegaba ningún herido. Ni venía nadie a consulta y urgencias era totalmente desierto. Entonces empezaban los enfrentamientos y yo me acostaba en una camilla a descansar, porque ya sabía lo que se venía. Dormía mientras duraban los enfrentamientos, como arrullado por la balacera. Pero cuando ésta cesaba y no escuchaba más tiros, ya no era capaz de dormir. Sabía que los heridos llegarían en cualquier momento. Como que hacían pactos de paz para sacarlos. Y claro, después de las dos o tres de la mañana esto era una locura, con una cantidad de heridos impresionante. Así me tocó casi siempre en el trabajo nocturno”.

Fue en una noche de esas que recibió a un hombre que aún siente atravesado en la mente. Llegó con la parte inferior de la cara cubierta con un pañuelo, a manera de tapabocas. No hablaba, y otra vez Carlos no entendía lo que sucedía. Fue el acompañante quien tuvo que relatar: el joven charlaba con su madre en la sala de su casa y cuando salió a la calle para tirar la colilla del cigarrillo que estaba fumando, un miliciano se acercó para gritarle:

–¿Por qué estás fumando? Usted sabe que a esta hora no puede salir a fumar a la calle. ¡Estás muy desobediente!

“Y en seguida le disparó en la cara. Le voló parte de la nariz, del maxilar superior, el inferior, y parte de la lengua”. Carlos le ordenó que se quitara el pañuelo, para ver qué tenía. Y cuando lo hizo, “casi me voy para atrás –recuerda-, porque en vez de mentón tenía un hueco”. Fue realmente aterrador, pero creía que el joven se salvaría aunque la pasara desfigurado el resto de vida que le quedaba.

Carlos veía a sus compañeros de trabajo, sobre todo a las enfermeras y auxiliares de enfermería, tirándose a llorar a cada instante en cualquier rincón del centro hospitalario, inconsolables por todo aquello que tenían que vivir y atestiguar al lado de esa comunidad triturada por los dientes de la guerra. Esa mezcla de sentimientos entre el horror y la indignación los mantenía a todos devastados. Pero él, a diferencia de la mayoría, se sentía con fortaleza emocional. Había sido criado en Turbo, una zona caribeña donde hizo estragos otra guerra de las mil que padece Colombia y donde aprendió a ver los asesinatos como una costumbre. Las horas de trabajo multiplicadas y las decenas de heridos por atender, el cansancio físico y el sentir que sus fuerzas estaban al límite de lo que humanamente podían ofrecer, lo que lo mantenía en un permanente estado de aniquilación. Trabajar toda la noche en el hospital de guerra y estudiar en el día una carrera universitaria, hacían que llegara a su casa con vibraciones en los pies y el cuerpo adolorido, como si le hubieran dado una paliza. Tenía que tomar pastillas para poder descansar y conciliar algo de sueño.

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