Enfermeros en horas extras

Carlos Mario Miranda, un hombre joven de movimientos rápidos y voz acelerada, prestaba servicios de auxiliar de enfermería por ese tiempo. Hacía su trabajo en las noches porque en el día realizaba su carrera de química en la Universidad de Antioquia. Antes de ser contratado, curiosamente la psicóloga había añadido una inquietud a las pruebas que le estaba formulando.

–Ah… una última pregunta –le dijo-: ¿Usted está dispuesto a trabajar bajo presión, y en situaciones de conflicto?

No sabía bien a qué se debía la interrogación.

–Yo trabajo donde me pongan –contestó resuelto.

Días más tarde entendió de lo que se trataba. Llegó a San Javier a mediados de diciembre para conocer su nuevo lugar de trabajo, pero ese mismo día tuvo que quedarse porque se requería personal urgente para atender los heridos de la guerra. Carlos se puso manos a la obra pero la pasó medio enredado, pues si bien tenía experiencia en atención de urgencias, hasta entonces no conocía de urgencias tan alarmantes como las que tenía ante sí en esos momentos. Además el sitio no contaba con todos los equipos e implementos de los hospitales de mejor categoría donde Carlos Mario había hecho sus prácticas, y a los cuales estaba acostumbrado.

Con el tiempo comprendió mucho más las palabras de la sicóloga, cuando en repetidas ocasiones tuvo que sortearse entre los disparos para llegar a su trabajo. Veía las balas rebotar en las pareces y el asfalto de la calle. La hora de entrada era por lo general la que más le preocupaba, pues era el momento donde corría mayor riesgo. Una vez adentro, debía cambiarse de inmediato y hacerse cargo de los cuerpos mancillados que estaban en las camillas y que seguían llegando durante el resto del día. Él trataba de hacer su trabajo hasta donde le era posible, pero había cuerpos que llegaban insalvables y con mínimas esperanzas de vida. “Si no hay manera de salvarlos, pues ni modo, así son las cosas”, era la coraza de desapego profesional con la que se cubría ante la barbarie. Pero por más que tratara de ser fuerte, había algo que le rompía esa coraza, y ese algo eran los niños muertos o heridos que constantemente veía llegar. “Jamás había vivido algo semejante”. Y desde entonces quedó saturado de dolorosos recuerdos. Uno de esos, que por nada logra borrársele, es el de la niña de alrededor de seis años que llevaron esa mañana del 21 de mayo durante los enfrentamientos de la Operación Mariscal. Estaba cubierta con una sábana en la cabeza, de las cejas hacia arriba, y Carlos Mario se hizo cargo tras percatarse de su respiración prolongada.

–¿Qué le pasa a la niña? –preguntó.

–Es que le pegaron un tiro –le respondieron, pero él no le veía nada.

–¿Y dónde se lo pegaron?

–No, mírela, revísela –añadieron.

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