Enfermeros en horas extras

Ilustraciones de Evelin Coronado

Cerca de los barrios populares de la Comuna Trece había un centro hospitalario. Durante la guerra arribaban allí un gran número de ambulancias en pleno escándalo de sirenas. Pero, en cantidad mayor se presentaba un atascamiento de tanquetas, motocicletas, camiones y otros vehículos estacionados del ejército y la policía. Las principales razones para que estuvieran ahí es que el sitio, por ser la calle principal de acceso a los barrios y estar rodeado de edificios y árboles, brindaba a los agentes un lugar ideal para instalar retenes y fiscalizar la entrada y salida de personas y coches. Les facilitaba además el tomar posiciones para ingresar a los barrios con todas sus fuerzas. Pero, sobre todo, les permitía atrapar a los integrantes de las milicias urbanas que arribaban al lugar por heridas ocasionadas en combate. Así podían, de manera práctica, sacarlos de las camillas de enfermos para llevarlos directamente a las sucias camas de los calabozos. Y luego, la prisión, acusados del delito de rebelión.

Allí, frente al pequeño centro hospitalario, requisaban y solicitaban los documentos de identidad de los asustados transeúntes, que llegaban de sus trabajos o habían escapado a las balaceras. Médicos, enfermeras, aseadores y auxiliares de enfermería odiaban que la policía y el ejército permaneciera en ese lugar, porque temían que los milicianos los consideraran cómplices de los militares, y terminaran convirtiéndolos en un blanco de sus ataques milicianos. La enfermera Patricia Parra, quien se percató de este fenómeno desde un principio, vio cómo los milicianos, efectivamente, empezaron a concentrarse cerca del lugar para atacar al ejército, la fiscalía y la policía, sin importar que sus proyectiles afectaran el centro hospitalario. “Por eso nos daba pánico el solo hecho de encontrar la tanqueta de la policía ahí,  afuera del hospital –dice Patricia-, porque sabíamos que en cualquier momento iba a iniciar la balacera. Hasta una vez el director del hospital hizo que la quitaran de ahí”.

Pero los policías no estaban sólo afuera. Aunque médicos y enfermeras se oponían, ingresaban al lugar sin ningún tipo de autorizaciones y realizaban pruebas a los heridos que yacían sobre las camillas, para comprobar si habían disparado algún arma, y arrestarlos. Aquel examen se conocía como prueba de guantelete. “Eso a mí me daba mucha rabia –dice Patricia-. Dizque entrar para hacerle prueba de guantelete a personas que se estaban muriendo. Yo les decía: Si dos minutos son oro para la vida un paciente ¿me lo van a retener para hacerle pruebitas y cosas? Si quieren, háganle la prueba en Policlínica, que ustedes saben para dónde va. ¡Fuera!”.

En otra ocasión, entraron “a violentar y a abrir cortinas” en momentos en que ella realizaba un “procedimiento íntimo” con un paciente, y nuevamente los tuvo que cuestionar: “Independiente del rótulo que usted quiera ponerle, es mi paciente, ¡y me lo tiene que respetar!”. Por esa actitud rebelde y encolerizada, un agente buscó al director del centro hospitalario y se quejó de que la enfermera Patricia Parra estaba interfiriendo con los procedimientos judiciales. Pero ella insistió en que su trabajo merecía respeto, tanto como sus pacientes.  “Que me dejen acabar con mi trabajo, y si quieren, que lo agarren, pero cuando yo haya terminado”, le dijo entonces al director del hospital.

“Un joven de la Cruz Roja que llegó la otra vez para hablarnos de la misión médica, nos dijo que ellos no debían hacer eso y podíamos denunciarlo –asegura Patricia-. La mayoría de los que trabajaban aquí se sentían protegidos que porque afuera estaba la policía. Pero al contrario, estábamos más amenazados que nunca, porque si ellos entraban aquí como pedro por su casa, nosotros nos convertíamos en objetivo militar del otro grupo”.

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