El último partido de Óscar

Tomaron la carretera y en el camino Óscar Iván se encontró a uno de sus amigos, a quien pidió que no iniciaran el partido sin él. Porque a Óscar Iván le encantaba el fútbol. Hacía mucho tiempo que ni él ni sus amigos pisaban el campo de juego por temor a ser alcanzados por los enfrentamientos que iniciaban a cualquier hora. Y menos aún, se atrevían a reunirse a charlar en una esquina del barrio, como en los viejos tiempos, para no ser sindicados de tramar algo contra las milicias que ocupaban la zona. De modo que en los últimos meses la cancha de fútbol que estaba cerca de su casa permanecía desolada. Sin embargo, hacía días no se escuchaban disparos en el barrio Nuevos Conquistadores y una tranquila mansedumbre se respiraba alrededor. Ni siquiera se oía la música vallenata que solía estallar desde los equipos de sonido a todo volumen, y por eso, al caer la noche Óscar Iván se entusiasmó a jugar un partido de fútbol con sus amigos del vecindario. Serrucho, como ellos le apodaban, fue de casa en casa regando la voz e invitándolos uno por uno, hasta que consiguió el balón y los jugadores suficientes para armar dos equipos.

Para muchos fue una novedad grande ver a un grupo de jóvenes caminando hacia el campo de juego, tan abandonado hasta entonces y por tanto tiempo, cerca de las ocho de la noche de ese miércoles a finales de febrero del año 2002. Un grupo de curiosos salió detrás para presenciar el encuentro, y entre los que más tarde llegaron se sumaron más de veinte personas en las gradas  de asfalto. Entre ellos César y Leidy, que habían sido invitados por su hermano. El partido dio inicio y al principio todos se divirtieron de ver a unos flojos y oxidados futbolistas de barrio tratando de atinarle a la pelota. Afloraban las sonrisas y el pésimo fútbol. “Sí, reíamos porque estábamos muy malos, muy troncos –recuerda Willian Díaz, uno de los amigos de Óscar Iván-. Nos reíamos como si se hubiera acabado todo, como si ya no estuviéramos en guerra, se nos olvidó la guerra y nos pusimos a jugar”. De pronto, el partido se puso aguerrido y eterno. “Jugaban al empate. Es decir, si era hasta los diez goles, cuando empataban en los nueve extendían el partido hasta los once, y así, sucesivamente. Como empataban a cada rato, hacían más largo el juego, y ya habían pasado más de dos horas”, recuerda César. Aburrida de tanto empate, Leidy Johanna decidió marcharse con su amiga Cristina para hablar en la acera de su casa, y fue en ese instante que escucharon los dos disparos que sonaron a lo lejos, a los que ellas, como Oveiro, no prestaron demasiada atención. Lo mismo hicieron los que jugaban en la cancha, que habituados a distinguir el origen y la intensidad de las balas para saber hacia dónde correr, no vieron en esta ocasión un gran motivo de alarma. “Como sentimos los disparos muy lejos –dice Willian-, llegamos a la conclusión de que no tenía que ver con nosotros, que era en otro lado, y seguimos jugando. Pero yo quedé con cierto nerviosismo porque dos disparos ya son algo. De hecho, yo tenía como un mal presentimiento, y recuerdo haber sido el primero en decir que no quería jugar más. Me dirigí hacia la portería, hacia la salida de la cancha. En ese momento se escucharon las ráfagas y advertí que la balacera era hacia nosotros. Alcé la vista y vi que las balas chispeaban en la reja de la cancha”. Esas ráfagas eran las mimas que paraban a Leidy Johanna de la acera y a Oveiro de su escritorio. César, que conversaba con su novia en una de las graderías, saltó con ella a esconderse tras la tribuna, como también lo hizo la demás gente que observaba el partido. Willian vio a todos correr hacia todos lados y también huyó hacia un callejón cerca a la salida de la cancha. Ahí permaneció oculto, en un resquicio entre las sombras, mientras terminaba el traqueteo de las ametralladoras. Y cuando cesó el estrépito, César se asomó de detrás de la tribuna y encontró a Óscar Iván tirado en mitad de campo.

–¡Le dieron, le dieron! –le escuchó gritar Willian cuando salió del oscuro callejón, y vio cómo César recogía desesperado el cuerpo de su hermano.

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