El último partido de Óscar

Y pensó que le había pasado algo a Toño, su vecino, hasta que un instante después  reconoció la voz de su hermano César que pedía a gritos un automóvil. De inmediato Leidy abrió la puerta y en frente se encontró a Oveiro, el hermano mayor, que bajaba por la calle en pantalones cortos tras levantarse alarmado de su escritorio, abrir la puerta y asomarse a la calle, perturbado por la ráfaga que acaba de sonar. Fue hasta la esquina, miró hacia abajo y al fondo vio a su hermano César desesperado, con un cuerpo tirado al lado suyo y pidiendo a gritos que consiguieran un auto. Trastornado por la visión, Oveiro bajó enseguida para entender lo que sucedía, y fue entonces cuando reconoció a su hermano menor Óscar Iván en el cuerpo que estaba tirado y lleno de sangre. Mientras tanto, César chillaba y clamaba un carro que no aparecía. Por eso, y sin perder más tiempo, Oveiro se alzó el cuerpo del joven entre los hombros y bajó corriendo por la calle, hasta perderse de vista en la oscuridad. Leidy Johanna siguió sus pasos.

Leidy adoraba a Óscar Iván. Fueron los más pequeños entre cinco hermanos. Él con sus dieciocho, y ella con sus recién cumplidos dieciséis. Él había finalizado el bachillerato el año anterior, y aunque no se graduó con honores y jamás fue un alumno excelencia, todos sus hermanos lo admiraban por su buen comportamiento y esa juiciosa obediencia hacia su madre. De momento trabajaba en el restaurante de un cuñado suyo en la Plaza Mayorista de la ciudad, y enviaba hojas de vida a distintas empresas buscando emplearse para ayudar a César, quien tenía hasta entonces la mayor carga económica del hogar. Por su parte, César era miembro activo de la Defensa Civil de su barrio desde 1988, se hizo diseñador gráfico de manera autodidacta y años atrás había prometido a Óscar Iván que le regalaría su moto Plus negra modelo 95, si finalizaba el bachillerato sin perder ningún grado. Y tanto Óscar como él habían cumplido.

Esa misma tarde y tras llegar de su empresa de publicidad Vallas y Avisos, César había entregado las llaves de la moto a Óscar Iván para que lo llevara hasta el barrio La Floresta, distante un par de kilómetros, donde debía firmar algunos documentos de la Defensa Civil.

–¿Nos demoramos? –preguntó Óscar Iván, que hasta entonces iba de un lado para otro invitando a sus amigos a jugar un partido de fútbol.

–No, no nos demoramos –le aseguró César y le pasó las llaves.

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