El último partido de Óscar

Ilustraciones de Jeferson Úsuga

La ambulancia, a toda velocidad. Adentro Oveiro, con el llanto contenido, le daba ánimos a su hermano Óscar Iván: “Tranquilo hermano –le susurraba al oído -, las cosas se pondrán bien”. Pero Óscar Iván, inconsciente e inexpresivo, parecía no escucharle desde las nebulosas. Eran casi la una de la mañana cuando el médico lo dijo: tendrían que operar a Óscar Iván para extraer la bala incrustada en su cabeza. Sería difícil que soportara la operación, y si lo hacía, quedaría en estado vegetativo. Con el pecho oprimido, Oveiro no era capaz ni de llorar. Chapaleaba en una laguna de ahogados lamentos hasta más allá de la una y treinta, cuando llegó para aplastarlo la noticia fulminante: Óscar Iván se iba para siempre.

De la unidad intermedia de San Javier, en la Comuna Trece, enviaron a Óscar Iván para el hospital San Vicente de Paúl, en el centro de la ciudad. Oveiro había llegado en taxi, acompañado de su hermana Leidy Johanna. Bajaron a Óscar Iván del vehículo y el vigilante no permitió el ingreso porque le parecía que el joven ya estaba muerto. Leidy Johanna, enfurecida, logró llevar hasta adentro el cuerpo de su hermano en medio de gritos y discusiones, y cuando al final los médicos se acercaron para comprobar su estado crítico, decidieron remitirlo al hospital San Vicente.

Cuando Oveiro bajaba con el cuerpo en hombros y Leidy Johanna siguiéndole de cerca, su vecino Toño le dio alcance en el carro. Se montaron en seguida, pero al llegar a la salida del barrio la encontraron bloqueada como en otros días, con tubos de concreto que colocaban los milicianos para que de noche no los tomara por sorpresa la incursión de algún vehículo oficial. Dieron un giro y rodearon la capilla blanca La Divina Pastora en busca de una salida alterna, pero también la encontraron bloqueada con un pedazo de carreta encadenada a los postes de las orillas. Estaban encerrados. Entrar o salir del barrio sólo podía hacerse caminando, de modo que Oveiro se bajó del auto y se alzó de nuevo en los hombros el cuerpo de su hermano menor. Unos pasos más allá, cerca del parqueadero de buses, pidió auxilio a un taxista que llegaba con una joven. Ésta se bajó al instante y Oveiro se montó con el cuerpo y su hermana Leidy Johana rumbo a la unidad hospitalaria de San Javier.

Oveiro cursaba segundo semestre de Tecnología de Sistemas en el Instituto Tecnológico de Antioquia y ese día, indispuesto como se sentía, decidió no asistir a clases. Mejor se encerró en casa, buscó sus cuadernos y se puso al tanto de las tareas que tenía para esa semana. La serenidad de la noche le permitía concentrarse en sus quehaceres, y no prestó demasiada atención al ruido seco de dos disparos que acababa de escuchar. A fin de cuentas, un par de tiros aún eran cotidianos en la vida de su barrio. Para entonces, su hermana menor Leidy Johanna había regresado de la cancha de fútbol donde se había aburrido de ver jugar a su otro hermano Óscar Iván. Y hablaba en la acera de su casa con su amiga Cristina, de la misma edad, cuando también escuchó los dos disparos a los que Oveiro no prestó mucha atención desde su escritorio en el segundo piso. Hasta que llegó aquel traqueteo continuo que hizo saltar a Leidy Johana y su amiga Cristina dentro de la casa. Cerraron la puerta, y transcurrieron aquellos minutos de estupor y desconcierto.

–¡Toño! ¡Toño! –escuchó Leidy que gritaban.

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