El héroe abatido

–Esos militares ignoraban por completo el sentido de mi labor y sólo vivían de la furia y el estrés, buscando al enemigo en todos lados y desconfiando de cualquiera que se acercara a ellos. Era como toparse con moles de cemento, listas sólo para disparar –dice el héroe.

Salir con los heridos por la entrada del barrio fue siempre un complicado problema. Los militares entorpecían la labor socorrista la mayor parte del tiempo, y por eso el héroe y su compañero tenían que sacar valentía del estómago en medio de la anarquía de estallidos, y encenderse a gritos con los uniformados para lograr la misión y finalmente abrirse paso entre el retén militar.

Los milicianos vestían como cualquier poblador del lugar, y quizá por eso los militares se aparecían con esa actitud repelente hacia todos los miembros de la comunidad: cualquiera podía portar un arma, todos eran posibles beligerantes, el enemigo era invisible. Y por eso el héroe sentía que su labor de socorrista adquiría mayor responsabilidad y mucho más significado: debía demostrar que no todos allí eran combatientes, y que los civiles, apáticos de por sí a esa estúpida guerra, significaban la mayor cantidad de heridos y muertos. ¿Y a cuántos tuvo que auxiliar? El héroe no lo recuerda. Un día eran tres, otro día eran ocho, cientos al final.

–Fue un error no llevar un registro personal –piensa el héroe.

Pero quizá tampoco hubiera servido de nada, porque todo lo habría quemado junto a los demás documentos y registros que conservaba de la guerra, y a los que prendió fuego en los días de la operación Orión, cuando los policías y militares se la pasaban requisando casas e involucrando a todo el que podían por mínimas sospechas. Era fácil una sindicación en aquellos momentos de cacería, pues si a algunos se los llevaron sólo por rumores ¿qué sería de él, con información sobre el trabajo comunitario durante los enfrentamientos? Ya se había arriesgado lo suficiente y no podía hacerlo más, máxime cuando las conflagraciones parecían llegar a su fin. El héroe nunca se inmiscuyó con los insurgentes más allá de las disputas por su labor, y eso le dejaba la conciencia tranquila. Pero no lo libraba del todo de la angustia y la incertidumbre que embargaba a todo el mundo: la ansiedad de perder en cualquier momento la vida.

–Yo creo que en parte fue esa presión tan tenaz, ese mismo régimen, lo que me ayudó a ser tan neutral y transparente. Después de sobrevivir a todo eso, con toda seguridad que me moriré pero de viejo –el héroe asegura.

Enero de 2006

 

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