Bajo los pupitres

La profesora Carmenza Parra, que hoy está a punto de jubilarse, llegó en enero de 2002 a la escuela Amor al Niño, del barrio Nuevos Conquistadores. Venía de San Carlos, un pueblo al oriente de Medellín, donde nació y fue maestra de preescolar durante veinticuatro años. En ese pueblo vivió una guerra de militares, guerrilleros y paramilitares; y por eso la angustiosa decepción de llegar a vivir otra guerra en la Comuna Trece de Medellín. Pero no quiso solicitar un traslado para una zona más tranquila. “No lo hice –dice ella- porque como los demás profesores estaban solicitando traslado, los padres de familia me pidieron que no perjudicara a sus hijos. Me prometieron que esto iba a ponerse mejor”. Entonces se quedó, sobrecogida porque los niños empezaban a reproducir en las aulas la violencia que atestiguaban en las calles. “Agarraban esos «arma-todo» y hacían fusiles y diferentes armas. Luego empezaban: ¡pum, pum, pum! Se escondían tras las sillas y los pupitres y convertían el aula en otro campo de batalla. Aún lo hacen. Por ejemplo, esta arma la hicieron hoy –dice ella, tomando una colorida y graciosa pistola de una gaveta de su escritorio-. Otras veces, algunos llegaban muy deprimidos porque les habían matado algún familiar. Recuerdo a una niña de cinco años que se la pasó llorando mucho tiempo, como cinco días, porque habían asesinado a su papá”.

ARGENY: La mayoría de veces teníamos que escondernos bajo los pupitres con los niños, porque casi todos los salones tenían ventanas por un lado y por el otro. Y lo más tremendo es que la escuela es como una torre, un aula por cada piso, y por las ventanas podía verse cuando subían los hombres armados. Entonces los niños se tensionaban mucho y se metían bajo las mesas.

ALIRIO: Siempre las balaceras eran lo mismo. Algunas duraban más que otras, pero era muy fuerte la mayor parte del tiempo. Los que quedábamos en las aulas, tratábamos de hacer dinámicas de integración, fortalecimiento, relajación o escucha, para poder seguir en la clase. Aunque, la verdad, es que no podíamos seguir dando clase después de una balacera. También tratábamos de llevarlos hasta las escalas y las partes más bajas del edificio, y luego, entre todos, nos poníamos a rezar mientras pasaba la balacera.

Las noches de las profesoras Margarita y Argeny trascurrían en una odisea por conquistar el sueño, y habitualmente el desvelo las derrotaba. La Floresta, el barrio donde vivían, quedaba relativamente cerca de la Comuna Trece; y hasta sus almohadas llegaba el eco de los tiros y las explosiones. Se acostaban pensando en los chicos, y al clarear el día aún estaban pensando en ellos.

ARGENY: Los niños le tenían más miedo al ejército y a la policía. Cuando veían subir a los soldados, decían: “¡Ay profesora, ya va a empezar!”

MARGARITA: Igual cuando veían la tanqueta negra de la policía. Ya no recibían clase porque se la pasaban muy desatentos, mirando por las ventanas.

ARGENY: Los niños la llamaban Betty La Fea. Es que cuando disparaba, eso era miedosísimo, producía un ruido horrible. Creo que en una de esas, a Alirio le tocó correr huyendo de una tanqueta. También recuerdo que otra profesora, Liliana Flórez, quedó muy traumatizada porque un día ella iba, o venía, no recuerdo bien, pero estaba una tanqueta disparando al lado suyo, y no sabía qué hacer.

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