Bajo los pupitres

Ilustraciones de Evelin Coronado

Al día siguiente, cuando la profesora Carmenza Parra llegó a la escuela Amor al Niño, le dieron una noticia desgarradora: María Isabel Jaramillo, una niña de seis años de edad, alumna suya, había sido asesinada. Aquello había ocurrido el día anterior en la mañana. Ella se alistaba para ir a la escuela y su hermana le preparaba el desayuno, cuando una bala atravesó una de las paredes de su casa, impactó su cabecita infantil y la arrojó al limbo de la muerte. Carmenza lloró de consternación. Y en señal de duelo, decidió, junto a los demás profesores de la Comuna Trece, no dictar clase ese miércoles 22 de mayo del año 2002. Y hasta un mes después de su muerte, los compañeritos de clases de María Isabel estuvieron colocando florecitas blancas en la silla y el pupitre donde ella se sentaba. Durante un tiempo, nadie podía utilizar aquel pupitre con su silla.

Los profesores tenían miedo. Todos los días de la semana, excepto los festivos, debían
abandonar la tranquilidad de sus hogares para dirigirse a enseñar en las escuelas de un peligroso sector de la ciudad, donde todo el tiempo sonaban las ametralladoras. Algunos de ellos trabajaban allí desde años atrás, pero nunca se habían enfrentado a una situación tan difícil.

ARGENY: En la escuela siempre se vivió un ambiente tranquilo de padres, profesores y estudiantes. La comunidad nos quería y respetaba nuestra profesión. Sabíamos que existía un grupo de milicias en el barrio. Pero nunca se metieron con nosotros. Ni nosotros con ellos. Tampoco sabíamos quiénes eran. Pero después, cuando regresamos de unas vacaciones de mitad de año, empezamos a sentir un ambiente pesado. Y los niños más nerviosos, más inestables.

MARGARITA: Y se puso peor a finales del 2001. Recuerdo que en octubre o noviembre teníamos matrícula y se prendió una balacera horrible.

ARGENY: Sí. Subía por la calle una larga fila de padres de familia, para matricular a sus hijos. Y cuando empezó el tiroteo, toda le gente se metió en la escuela.

MARGARITA: Fue un caos. No teníamos donde meternos, y todos ahí súper estrechos, como ahogados. La gente aterrada. Cuando las cosas se calmaron, todo el mundo se fue para sus casas y nadie matriculó a sus hijos. Nosotros nos quedamos en la escuela y salimos cuando estuvo más tranquilo. Pero escuchamos más tiros en el camino y tuvimos que devolvernos.

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