Impuro

Cómo olvidar la cara del padre Eugenio cuando me gritó en la cara: “DESHONESTO”. Fue en mayo de 1988, yo tenía diez años y para ese entonces cursaba quinto de primaria.

Por: Alejandro Herrera

Ilustración: Andrés Valderrama

 

Por mantenerme cerca de Carlos, mi amigo y compañero de la escuela, decidí ingresar al grupo de monaguillos de la parroquia del barrio, el cual contaba con ocho miembros y sus reuniones eran monótonas y aburridas. Aprendí rápidamente el oficio y en un mes ya estaba en el altar sirviéndole a los sacerdotes.

La devoción y la religiosidad no eran permeables en mí, lo que me impulsaba era estar con Carlos y hacer algo distinto. Ni el contacto diario con los santos, con el vino y con las hostias despertaban mi interés por lo sagrado.

Pasaron cinco meses y ya era muy popular en el medio, la mayoría de los ancianitos que frecuentaban la parroquia, los limosneros y las señoras de las empanadas me saludaban, y los sacerdotes me alentaban a que sintiera el llamado divino que conduce al sacerdocio.

En mi casa estaban muy sorprendidos al ver que me vestía con pantalón de paño, camisa manga corta y zapatillas, aunque para mi madre y mis hermanos siempre he sido una persona insoportable. Pero esa doble moral que tanto me esforzaba por maquillar en la parroquia no demoró en salir a flote.

Todo comenzó un martes de diciembre: Carlos y yo nos anotamos para servir en misa de ocho de la mañana, fue una eucaristía larga y somnolienta. Estando en la sacristía, mientras nos quitábamos la sotana, pude notar que Carlos no le quitaba el ojo a las canastas de la limosna, de las que sobresalían billetes flotando en un mar de monedas, no me aguanté y pregunté “¿Qué hubo?, ¿qué pasa?”. Carlos me miró y pude notar que el brillo de sus ojos había desaparecido. “¿Quieres que vayamos a jugar maquinitas?, hoy no hay escuela” —me dijo en un tono muy extraño—. “Sería bueno, pero ¿con qué plata?”. Carlos señaló con su dedo diabólico las canastas: “¿Decías?” —me dijo riéndose—. El sacristán estaba aún en la parroquia apagando velas y cerrando puertas. “A mí me da susto” —le dije. Carlos se asomó a la puerta que comunica con el interior de la parroquia para cerciorarse de que nadie viniera, y de un brinco ya estaba parado frente a las canastas tomando billetes y monedas, y echándolos en su bolsillo rápidamente. “Otro día le toca a usted” —me dijo—. Su respiración era rápida, agitada.

Esa mañana fuimos a los videojuegos, parecíamos pequeños magnates jugando en todas las máquinas, empegotados de tanto mecatear.

El viernes de esa misma semana puse a prueba mi fama de plaga y también agarré mi puñado de billetes y monedas. Pasaron diez días y las canastas de la limosna seguían siendo víctimas de nuestra ambición. Carlos y yo volvimos a anotarnos juntos para servir en misa de ocho. Era una mañana extraña y fría, toda la madrugada había llovido, el sacerdote y el sacristán se notaban muy contentos, demasiado para mi juicio. Terminada la eucaristía, el mismo modus operandi, esta vez los dos cogimos dinero de las sagradas canastas, guardé mi sotana en el armario y al momento de despedirme el padre Eugenio puso su pesada mano sobre mi hombro: “Ven a la casa cural un momento, para que hablemos una cosita” —me dijo sin mirarme—. Carlos se alejaba con su botín mientras yo subía las escalas con el padre. Mientras pisaba cada peldaño tintineaban las monedas en mi bolsillo, puse la mano sobre mi muslo para silenciar ese sonido pecador e infernal.

La casa cural es un apartamento agradable, con sala de espera y decorada con obras de arte religioso donadas por los artistas del barrio. El padre Eugenio me brindó un jugo de tomate de árbol y aunque no me supo a nada me lo tomé en cuatro segundos.

—¿Cómo van tus cosas? —preguntó mirándome fijamente.

—Bien, todo muy bien, gracias a dios —respondí tranquilo.

—¿Y la escuela?

—Todo está muy bien, padre.

El padre suspiró duro y dijo: “Bueno, acompáñame a la habitación”. En ese instante comencé a temblar. Por un momento pensé que el padre era cacorro y quería abusar de mí, pero también recordé el tintineo de las monedas en las escalas. Me quedé parado en la puerta de la habitación, el padre cambió su sagrado semblante por el de un hombre enfurecido.

—Saque todo lo que tiene en los bolsillos —dijo.

Una corriente de aire frío entró por la bota de mis pantalones… me quedé mirándolo.

—Sí, saque todo —me repitió.

De la misma manera desordenada que metí el dinero en mis bolsillos así lo sacaba y lo tiraba en la cama que había junto a la puerta, billetes arrugados y monedas.

—Coja cualquier billete —gritó.

Me incliné y cogí un billete de cien pesos. En ese instante pensé en salir corriendo de ese lugar, pero no lo hice.

El padre Eugenio sacó del bolsillo de su camisa una hoja de cuaderno doblada y me dijo desafiante: “Los números de ese billete son 311502348”. Me miró a la cara y casi escupiéndomela me gritó: “DESHONESTO”.