La señora de los tintos

Cuando era la señora de los tintos en la Compañía Colombiana de Tabaco, a Carolita le sucedió uno de esos acontecimientos que te hace pedir a gritos «trágame tierra». Pero ella habría preferido que en aquel momento se la tragara el sanitario. Especial Mujeres, madres y oficios.

Por: Rafael Galeano

Fotografía: Róbinson Úsuga Henao

 

Conocí a Carolita en la década de los ochenta, cuando era operaria de una máquina para la elaboración de cigarrillos en la Colombiana de tabaco. En realidad, su nombre era Carolina García, pero, por  pequeña, todo el mundo le decía Carolita. Siendo yo el mecánico de esa sección, me correspondía hacer las reparaciones en la máquina que ella manejaba. Aunque era bastante formal y su condición de cristiana la exhortaba a predicar el amor al prójimo, tenía pocos amigos; por eso me llamó la atención que se mostrara tan receptiva conmigo, al punto de llegar a contarme cosas de su vida personal que siempre le escuchaba con la mayor discreción.

Con los años nos hicimos buenos amigos. Conocí a su hija y le presenté a mi familia. La compañía tenía como estímulo a sus trabajadores, celebrar con un almuerzo especial, hacer rifas y pagar una prima de antigüedad, a quienes cumplían diez, quince, veinte y más años de servicio.

Carolita cumplió veinticinco y yo veinte, así que podíamos estar en uno de esos agasajos; me costó convencerla porque no pensaba ir, pero al fin lo hizo. Durante el programa había un punto que consistía en premiar la mejor anécdota relacionada con el trabajo.

Antes de ser operaria, ella había sido la de los tintos en las oficinas, incluida la gerencia. Fue allí donde ocurrió lo que me contó, y por lo que más le insistí para que fuera y confesara a todos lo que hasta ese día mantenía en secreto.

Cierto día llegaron a la compañía unos visitantes extranjeros, «ojirrasgados» como ella les decía, para conocer sus instalaciones; el gerente los recibió en su oficina donde Carolita los atendió con el protocolo y la importancia que la visita merecía.

Antes de iniciar el recorrido por los salones, algunos dejaron sus sacos en las manos de ella, quien fue a llevarlos al perchero que había en el baño de la oficina, con tan mala suerte que uno resbaló y cayó a la taza del sanitario, mojándose. A Carolina solo se le pasó por la mente vaciar y que el sanitario se la tragara entera, que para eso bien chiquita que era.

Pero al recobrar un poco la calma, pensó, se conseguiría una plancha y lo secaría, para cuando lo reclamaran ya no se notaría nada. Pero su cristianismo tenía que pasar otra prueba. Al tratar de secar el mojado, la seda en el forro del saco se quemó. Ahora sí, el apocalipsis se le venía encima.

No tuvo más remedio que contarle al gerente la tragedia. Al ver la dantesca escena, al pobre viejo solo se le ocurrió tapar con las manos la alopecia de su espantada cabeza y exclamar: «¡Ay jueputa, nos jodimos!».

Horas más tarde y terminado el recorrido, el personaje dueño del saco lo recibió con una mano y con la otra, una decena de cigarrillos empacada en papel de regalo, mientras Carolita recitaba por lo bajo «el Señor es mi pastor, nada me falta, aunque camine por valle de sombras de muerte no temeré mal alguno».

Por fin, los visitantes se ponían en marcha como si nada. Y en el concurso, no tenías que ser adivino para saber que el premio a la mejor anécdota contada sería para quien una vez fuera la señora de los tintos.

 

Lluvia de Orión: El poder de la narrativa.

Conoce aquí lo que hemos hecho.

 

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* Este relato se realizó como parte de un ejercicio del Taller de Escritura Creativa de la Biblioteca Pública y Parque Cultural Débora Arango de Envigado, sede administrada por Comfenalco Antioquia y la Secretaría de Cultura del Municipio de Envigado.