Alias La Mona: conversaciones con mi madre

Este corto relato parece invitarnos a un ejercicio fundamental de memoria, bajo la premisa de que lo que no se cuenta no existe. Pero no se trata solo de la voluntad de quien narra, sino de la disposición de quien escucha. Quizá encontremos que la violencia, el narcotráfico y el abuso sexual no son problemáticas exclusivas en los noticieros de televisión y pueden estar más cerca de lo que se aparenta.

Por: Valeria Montoya Restrepo para el Especial Jóvenes Narradores de la Comuna 13 de Medellín.*

Ilustración: Andrés Valderrama

 

 

La observé por unos minutos para luego, sin tapujos, lanzarme a preguntarle:

—Mami, ¿cuál es tu historia? —me miró extrañada como si fuese un delito saber un poco más de lo que suelen saber los hijos de sus madres—.

Cuando indagaba a mis amigos por sus progenitoras me decían algo así: «Mi mamá, ¡aaaahhh, ella es una verraca!, ¡aunque también es más malgeniada!». Saben la historia del ser que les dio la vida a partir de ahí, como si ella no tuviese una vida antes de parirlos.

Yo quería saber más, que mi madre me contara la causa de sus tristezas, sus alegrías, entonces empezó:

—Ay, mi amor, usted ya sabe, nací en una familia disfuncional en el barrio…

—¡No, amá!, así no.

—¿Entonces cómo?, ¿cuál es la chimbada tuya?

—Mami, yo quiero tu historia, no tu biografía. Háblame de cómo te sentías en esa familia, cómo llegaste al mundo de las drogas, las aventuras de rebeldía que emprendiste en tu juventud.

 

Un atisbo de sonrisa me aseguró la sinceridad de su mirada.

 

—Soledad, así puedo definir mi infancia. Mi mamá, siendo la otra, no le exigía mucho a mi padre, vivía bajo su sombra, trabajando de sol a sol y yo en casa durmiendo para olvidar mi soledad.

 

Entre lágrimas y sueños, con los ojos cerrados se la pasaba; el colegio no le importaba, pues allí no le enseñaban cómo lidiar con un señor nombrado papá que llegaba de vez en cuando ebrio a golpear a su madre y hacer de su vida un poco más despreciable. ¿Cómo entender a los seis años aquello que su madre llamaba amor?

—Luego nos fuimos a vivir donde los abuelos, quienes me llenaron muchos vacíos de afecto, es la época más feliz que recuerdo.

 

La sombra de la nostalgia nubla recuerdos como estos, su vida parecía un torbellino sin salida que giraba sin parar hasta hacerla marear y gritar. Cargaba con penas que no le pertenecían y entre tanto caos se desató el horror con un silencio atroz que escondía todo aquello que hoy deja salir en forma de depresión y estrés.

 

—Me decía que eso no valía la pena contarlo, puesto que era normal. Me dolía tanto lo que me hacía, pero le creí. Jamás dije nada y cuando lo intenté, como lo esperaba, no me creyeron.

La vulneraron de la forma más escalofriante y lo peor, su padre. El que te lo haga un vecino o incluso tu tío duele, ¡pero tu progenitor!

—No lo hizo una vez ni dos, lo hizo cada vez que quiso, no le importaba lo que yo sentía, solo satisfacer su monstruo pederasta de mierda, pero era mi padre, o eso decía, entonces yo solo me torturaba con un silencio absoluto. Nunca se me va a olvidar la última golpiza que le propinó a mi madre: la lanzó contra la taza del sanitario, había mucha sangre y gritos en el lugar, yo tenía como catorce años, ese suceso marcó mi adolescencia. Al año siguiente no me celebraron los quince, por mala estudiante, decía mi madre, que no entendía por qué no podía esforzarme en la escuela si ella me lo daba todo. ¿Y ese vacío en mi pecho quién lo veía?, ¿quién lo sentía como yo?

 

Pretender llenar huecos del alma con figuras materiales es un intento miserable de sanar llagas abiertas, de esas que toda la vida supuran materia. Mi madre tenía muchas de esas y ahora apenas logro entender por qué nuestra realidad es así, pues carga con secuelas del pasado de los seres que fueron antes de nosotros.

 

A esa angosta oscuridad llegó una luz de esperanza, el amor.

 

—Me enamoré de ese muchacho y tuvimos una relación tóxica, lo admito, pero él era mi salida de ese mundo. Me hacía sentir amada en todos los sentidos. Me fascinaba el sexo con él, olvidarme de las manos de ese desgraciado hombre que tanto daño me hacía y por fin sentir un acto que sí era amor, uno del que realmente disfrutaba. Nos poseíamos, lo hacíamos todo juntos, veinticuatro horas del día. Nos atosigamos tanto que se nos fue agotando la pasión, convirtiéndose en una obsesión. Me di cuenta de que todo acabaría y necesitaba asegurarme de quedar con algo más que solo un recuerdo, y sin él darse cuenta planeé quedar embarazada. Cuando se enteró todo lo que había sido amor se trasformó en odio, no solo hacia mí sino también para esa criatura que crecía en mi vientre. No la aceptó, ni su apellido le dio. Decía que eso no era de él. Mis padres querían matarme. Fui la decepción de la familia. Dieciséis años y embarazada: de eso sí hablaban todos, ellos, una manada de desquiciados con sus desgraciadas vidas y un «error» mío era el sacrilegio.

 

En esas palabras, que salían con cada vez mayor confianza, dejó de ser mi madre y se transformó en mi parcera, como le decían todos esos amigos desgreñados de ella. En ese lapso fue La Mona.

 

—Terminé el bachillerato en el nocturno y me relacioné con personas de la mafia. Me interné a ese mundo, me drogaba y pasaba de fiesta en fiesta. Conocí a Pablo Escobar y trabajaba en las grandes ligas del narcotráfico hasta que lo mataron, ahí reaccioné y me apacigüé, pero ya tenía ese papel familiar de la loca insensible que ni con una hija sentó cabeza. Natalia empezó a crecer y yo veía todo el amor que le daban mis padres, ese que no me dieron a mí, ellos enmendaron sus errores familiares con mi hija y para ella sus abuelos eran una bendición; en cambio, para mí, seguían siendo unos miserables y busqué la salida de ese lugar, del monstruo, de mi sumisa madre, de vivir en su amor enfermizo, no lo soportaba más. Un señor amigo de la familia, que me duplicaba la edad, se enamoró de mí y yo lo utilicé como vía de escape. Ese pirobo estaba loco, literalmente, no compraba comida y había que rogarle para todo. Natalia nunca se llevó bien con él y la convivencia en ese lugar era una mierda, pero prefería eso a volver al infierno.

Se quitó esa máscara con la que ella nunca ha podido cargar, la de madre ejemplo de vida, y me contó sin tapujos lo real. No adornó ni el más mínimo detalle y eso era justo lo que yo quería: conocerla, mirarla y entender el vacío en sus ojos, su depresión crónica y las noches en vela, cuando pasábamos juntas, abrazadas bajo el frío aterrador de la noche, cuando me decía que era la escasez de dinero lo que la hacía preocuparse tanto y sollozar así.

 

—Tiempo después conocí a su papá en el albergue de gatos donde él trabajaba. Creí que él estaba detrás de Natalia y me caía bien, pero cuando me confesó su amor me pasmé y volvieron a mí esas mariposas en el estómago que no creí volver a sentir. Entonces empezamos nuestra historia de amor y montamos junto un negocio de las arepas. En esa época nos daba mucho dinero, la pasábamos bueno. Yo sabía que era adicto a las drogas y las dejé para incentivarlo a salir también de ese mundo y empezar de cero, pero unos años después recayó, arrastrando a la miseria todo lo que habíamos construido. Nos fuimos a vivir donde mi suegra a intentar superar esa crisis. Me di cuenta de que estaba embarazada, pero ya era tarde, empezaron los sangrados y días después perdí el bebé. Fue golpe duro que desató mis tristezas y me sumergí en depresión, pero como en todas las situaciones trágicas de mi vida logré superarlo. Como por tercera vez buscaba un nuevo comienzo al lado del amor de mi vida. En un nuevo intento de embarazo llegaste tú, una bebé muy esperada por toda la familia, haciendo la dieta después del nacimiento me confié y quedé nuevamente encinta, fue difícil aceptarlo pero ustedes dos son lo que más amo en mi vida, ¡y ya, no me joda más que mañana tengo que ir a trabajar!

Fin.

 

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* El Especial Jóvenes Narradores de la Comuna 13 de Medellín es un dossier de relatos de violencia y memoria de la familia que Lluvia de Orión desarrolla en este territorio de la ciudad, gracias a la participación de nuestra organización en De jóvenes para jóvenes: un proyecto de la Fundación Mi Sangre financiado por United Nations Democracy Fund (UNDEF).