Una sociedad que no reacciona a las violencias está encaminada al fascismo social

Segar la vida se convirtió en una narrativa permanente de los barrios, la ciudad y las conversaciones. Llegó un momento donde las muertes violentas pasaron a ser algo menos que una anécdota que causa conmoción.

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Por: Elena Román

 

La historia reciente de Medellín es dolorosa. Tal vez ningún hombre o mujer que hoy tiene entre 35 y 45 años se ha escapado de sentir en su pecho cómo el aire se contenía en momentos en que un amigo, amiga o familiar, cayó bajo las balas de otros hombres jóvenes, incluso del mismo barrio y con quienes se había criado.

Segar la vida se convirtió en una narrativa permanente de nuestros barrios, de la ciudad, de las conversaciones, y llegó un momento donde las muertes violentas pasaron a ser algo menos que una anécdota que causa conmoción.

Así nos transformamos en seres duros de contener tanta tristeza e impotencia no se convirtió en una afanosa necesidad de imponérsele a la muerte con el amor, sino, donde la palabra muerte invadió cualquier conversación que estuviera mediada por un conflicto. Se convirtió en el catalizador de la impotencia. “Muerte al sapo”, “muerte al marihuanero”, “muerte a las prostitutas”, “muerte al ladrón de celulares”, “muerte al encapuchado”, “muerte al fletero”.

Estos llamados comunes a la muerte fueron y son la expresión más contundente de la impotencia que convertida en rabia colectiva no canalizada y un radical odio hacia hechos inmediatos como un robo, sitúa a cualquier sociedad a las puertas de un peligroso fascismo social. Es una palabra dura y compleja, incluso controvertible, pero si le aplicamos el paso a paso de lo que ha pasado con nuestra golpeada y a la vez bella ciudad, no estamos lejos de entrar en una fase donde la resolución de los conflictos en la vida cotidiana continuarán el incontrolable rumbo de aplicar justicia por mano propia.

El problema termina siendo un asunto individualizado que corresponde sólo a los más cercanos y afectados resolver con el hombre o la mujer de ser señalados de merecer la muerte, mientras las relaciones comunitarias se diluyen entre la desconfianza, el rencor o la justificación de unos cuantos frente a la delincuencia como un motor de las economías familiares barriales.

No ha sido posible exorcizar la muerte ni en los barrios ni en las calles del centro de Medellín.  Al contrario: el cansancio sobre la injusticia y la impotencia, ha llevado a que seamos testigos de linchamientos cada vez más permanentes, y por hechos que debían atemorizarnos a quienes luchamos para que el amor por la vida no se extinga o termine marginado.

¿Cómo frenar la barbarie callejera? ¿Cómo contener la expansión mafiosa de hombres en armas que venden justicia a cambio de ser un para-estado para los sectores más empobrecidos de la ciudad?

El amor inmenso por la vida, por mantenerla, por conservarla, es lo único que puede revitalizar a nuestra ciudad.  Es impensable que cualquier ciudadano que esté de lado de la vida no alce la voz para evitar la muerte de un ladrón, de un no ladrón, de un hombre consumidor o sin serlo. No es posible sumarse a las furias colectivas contra un ser que en cuestión de segundos llega a representar el odio contenido por toda la injusticia que no tiene trámite institucional.

Salvar a la ciudad de las narrativas que la han situado como una ciudad que gesta más tristeza que alegría, es un imperativo de quienes hoy más que nunca pensamos al AMOR como una fuerza creadora y colectiva, portada por hombres y mujeres comprometidas con la ciudad, es quien puede disputarle la hegemonía narrativa a la tragedia.

Es necesario construir narrativas colectivas que puedan logran disminuir los niveles de venganza, odio, individualización, que son sentimientos y prácticas que agudizan la poca o nada indignación ante hechos de violencia y muerte por parte de espectadores pasivos e incluso complacientes de la escena grotesca del castigo, gritos y sangre que son característicos en los linchamientos. En estas escenas es donde quienes AMAMOS la vida debemos oponernos en colectivo con actos que quieren acabar con nuestra esperanza y alegría. Una sociedad que no reacciona a las violencias está encaminada al fascismo social.

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