La historia desconocida del cantor parrandero

La historia del libro “El cantor parrandero Octavio Mesa” no puede relatarse sin contar el cuento que hay detrás: el de Zahira López, una periodista que buscaba relatos orales de la época del narcotráfico y terminó revelando la vida desconocida de un cantante parrandero que fue leyenda entre las comunidades populares y campesinas de Medellín, Antioquia y Colombia.

Por: Róbinson Úsuga Henao

Son extraños los casos en donde los libros buscan a sus autores. Y este es uno de ellos.

Cuando todavía era una estudiante de periodismo, Zahira López recibió la visita de un hombre que la marcaría por el resto de su vida.

Era un señor flaco y viejo, de nariz corva y mirada de ave rapaz. Su boca de labios delgados parecía apuñuscarse con los años y por el continuo saboreo del aguardiente, del que era fanático a morir. El carriel terciado y el sombrero casi siempre blanco revelaban su alma de campesino. No obstante,  desde hacía mucho vivía en el barrio Manrique Central.

Cuando lo tuvo en frente para hacerle una entrevista sobre historias orales en la época del narcotráfico, Zahira López no supo con precisión de quién se trataba. Solo era una fuente de información, un entrevistado conocedor de ritmos lejanos de las pistas musicales en las que ella se movía. Zahira tuvo que investigar un poco para darse cuenta de que se trataba nada más ni nada menos que del mismísimo Octavio Mesa: leyenda de la música parrandera en Antioquia. Sí, el intérprete de El duende alegre y autor de Relajos del arriero, La bruja, El viejo contento y El jornalero. Canciones que suenan en Medellín y los pueblos paisas en todos los diciembres, antes y después de servir la natilla y voltear los buñuelos.

El mismo que por décadas gustó a la gente porque mezclaba poesía con valentía y vulgaridad. El mismo que se hizo famoso diciendo «hijueputa» y «malparido» en unos tiempos en que era raro escuchar tamañas palabrotas en la radio y la televisión. El que era llevado y traído en helicóptero para cantarle a Pablo Escobar en la Hacienda Nápoles, y que ya viejo pudo ver renacer su fama cuando el cantante Juanes admitió que admiraba su música (en él se inspiró para componer La camisa negra) y lo invitó a que dieran juntos un concierto en la calle San Juan con La Alpujarra, en pleno corazón de Medellín.

Cuando Zahira López lo conoció, en el año 2006, Octavio Mesa se sentía en sus días finales. Andaba urgido por escribir y publicar sus memorias. Él era el Rey de la Parranda, el Arriero Mayor y el Poeta Groserón; el que mejor expresaba los sentimientos del pueblo antioqueño en sus músicas populares, pero temía que mientras sus canciones se bailaban en cada diciembre, quizá su historia personal, sus luchas y penas, jamás fuesen conocidas y narradas.

Agobiado por esa incertidumbre, desde el año 2000 había emprendido la tarea de escribir su historia con lápiz en unas hojas que se volvieron viejas, como él. Se encerraba en su habitación, prendía un cigarro, apoyaba un bloc en sus piernas y garabateaba los episodios y las anécdotas que recordaba, robándole minutos a los últimos años que le quedaban, sin hallar las palabras precisas, sin discernir lo urgente de lo importante, hasta que conoció a Zahira, recibió uno de esos aguardientes pasados con agua que tanto le gustaban en el sótano donde ella vivía y terminó descubriendo que era a ella a quien su cuaderno en verdad pertenecía.

«Días después me citó en su casa para entregarme el manuscrito, personalmente. Era un bloc rayado tamaño carta, en el cual había resumido su vida a lápiz en cincuenta hojas. Lo recibí como un tesoro», escribe Zahira.

Luego, un 12 de marzo, el cantante murió.

Al enterarse, Zahira se puso doblemente triste: no podría asistir a los rituales fúnebres porque estaba por fuera de la ciudad. Tiempo después intentó devolverle el bloc a la familia, pero Cielo, la hija y secretaria de Octavio Mesa, la dejó con la mano estirada. No quiso recibirle. Le recordó que esos apuntes ya eran de ella porque el Poeta Groserón así lo había querido.

Tras sacarle el cuerpo por años a esa enorme responsabilidad, Zahira López al fin se rindió a los designios de aquellas letras escritas con un grafito de lápiz que ya empezaba a difuminarse. Tomó el manuscrito de hojas amarillentas como si de verdad siempre hubiese sido suyo y lo pasó al computador, corrigió errores e hizo entrevistas nuevas para llenar algunos vacíos en la trama. Pero eso sí, no se atrevió a cambiar ciertas palabras que, aunque mal escritas, tenían la esencia pura del campesino Octavio Mesa. Se empeñó a fondo y en el año 2017 presentó su proyecto narrativo a las becas de creación periodística de la Alcaldía de Medellín. Y ganó. En el 2018 se publicó la obra con la editorial Random House.

Por eso la historia del libro El cantor parrandero Octavio Mesa no puede relatarse sin contar el cuento que hay detrás: el de una estudiante de periodismo que buscaba historias del narcotráfico y terminó revelando la historia desconocida un legendario cantante parrandero. Uno que había escrito más de 2.000 composiciones, que puso a bailar a los antioqueños desde los años cincuenta y que, sin embargo, tenía miedo del olvido.

Portada del libro El cantor parrandero Octavio Mesa.

Una de las anécdotas más curiosas y que está relatada en el libro, es que la gente daba por muerto a Octavio Mesa, cuando seguía vivito y dando conciertos. Le sucedió en los años setenta, cuando anunciaron su muerte en una emisora. Le sucedió en los ochenta, cuando le presentaron al capo Pablo Escobar en un bar del municipio de Caldas y éste reconoció que lo creía difunto. Y le sucedió en el 2004, cuando el comediante Vargas Vil le dijo al cantante Juanes que le presentaría a su ídolo Octavio Mesa y éste no podía creerlo porque pensaba que era un hombre de otras épocas.

Ahora Zahira realiza «tertulias parrandas» por los barrios de Medellín y los municipios cercanos, en las que alterna música y baile con lecturas del libro y anécdotas de las canciones de Octavio Mesa. La acompaña Róbinson Mesa, heredero del legado musical de su padre.

«Con estos eventos he querido llegar a personas que no están acostumbradas a eventos culturales que tengan que ver con lectura», dice Zahira López.

Quedan entonces invitados a leer este fascinante libro, en donde abundan el humor y el aire de parranda que siempre acompañó a Octavio Mesa, un artista que en sus días finales supo encontrar en Zahira López las claves ocultas para que su música terminara convertida en libro, y su vida y obra no fueran arrasadas por la historia.