Manual para recuperar un perro robado

En Medellín hay un activo comercio negro de animales robados. Esta es la reconstrucción de una rara historia en la que un perro pudo ser rescatado de tres intentos de rapto. Una crónica del libro Traficantes de Animales.

Por: Róbinson Úsuga Henao

Ilustración: James Coates

 

Un príncipe flaco

A Diana Mejía le robaron el perro tres veces y en todas lo recuperó de nuevo, como si fuera un milagro. Era un perro de raza, pero nada costoso. Un Beagle que vio en una casa de Carolina del Príncipe, cuando llegó a ese pueblo tocando de puerta en puerta para que las familias conocieran el mensaje de Jehová.

Era el más pequeño, feo y famélico de una camada de cuatro beagles recién nacidos. La dueña, que los tenía para la venta, pidió trescientos mil pesos (cien dólares), por cualquiera de los cuatro. Adriana Mejía, o Diana, como le llamaban en su familia, se antojó de llevarse uno, pero no tenía todo el dinero.

–Deme uno por doscientos.

–Sí, pero me queda debiendo el resto.

–No, déjemelo en doscientos. Es que quién sabe cuándo regrese por aquí.

–Tranquila, que yo la espero –insistía la señora a la que Diana ya ni le recuerda el nombre.

Entre el tire y afloje, la señora aflojó: aceptó los doscientos mil pesos de Diana. «Ah, pero eso sí, se lleva aquel del rincón». Diana miró. Era el más pequeño, feo y famélico de la camada.

–¿Y cómo se llama? –preguntó.

–Taylor –le respondieron.

Se lo metió bajo la blusa y emprendió el viaje de regreso a la ciudad, entre una caravana de motocicletas ocupadas por devotos religiosos que querían aprovechar aquellos días de Semana Santa para viajar a pueblos y llevar el mensaje de la salvación eterna. Tras dos horas en carretera llegó al barrio Moravia, donde sus sobrinos quedaron sorprendidos y fascinados por el pequeño y peludo cuadrúpedo que ahora sería el nuevo miembro de la familia.

«Qué bonito», «mira cómo se le mojan las orejas cuando toma agua», decían. Era evidente que no lo encontraron ni tan feo ni tan escuálido.

Taylor se adaptó rápidamente a la familia y todos en la familia abrieron un espacio en sus corazones para acoger a Taylor.

No pasó mucho tiempo para que empezaran a notar que Taylor padecía de terribles convulsiones. Temblaba y alzaba las pupilas dejando sus ojos blancos como si estuviera endemoniado. Diana lo llevó al veterinario, quien le aclaró todas las dudas con una frase neurálgica: «este perro sufre de epilepsia», dijo.

Desde entonces tuvieron que darle pastillas escondidas entre salchichas y pedazos pan. Era la única forma en que se las tragaba.

Los ataques de Taylor aparecían de vez en cuando y se acostumbraron a verlo y quererlo así como era, un perro epiléptico.

 

Ilustración: Christa Wagner

 

Se lo cambio por un hámster

Ya habían pasado seis meses de tenerlo en familia, cuando un día Diana recibió una llamada telefónica al centro estético donde trabajaba. Era Estela, su madre. Taylor había desaparecido. Diana agarró su moto y se fue a buscarlo por las calles del barrio, gritando ¡Taylor-Taylor-Taylor! hasta altas horas de la noche. Preguntando si de pronto no habían visto un perro Beagle mediano y orejas largas, uno muy bonito al que querían mucho en la casa. Nada, que no lo vieron. Nada, no señora. Al día siguiente volvió a buscarlo y siguió buscándolo durante toda la semana. Taylor no aparecía.

Como era una mujer de iglesia, Diana regó la voz entre sus hermanos de fe, sus compañeros del Salón del Reino de los Testigos de Jehová, esos que se caminaban los barrios de la zona, como Manrique, Zamora y Campo Valdez, como Aranjuez, Moravia y La Miranda, tocando de puerta en puerta para llevar el mensaje de vida eterna. «Si ven un Beagle de orejas largas me avisan», les dijo.

Días después encontró respuesta de parte de una de sus amigas predicadoras:

–Creo que vi a tu perro.

–¿Por dónde?

–Por el Oasis, yendo para Zamora.

Diana agarró su moto y sí, era cierto, ese era Taylor. Lo vio jugando con un niño en plena calle. Lo llamó y el perro corrió enseguida.

–¿Usted por qué se me llevó mi perro? –le dijo al niño, más regañándolo que preguntándole.

–Ay, señora, por favor no se lo lleve, mire que ya hasta le compré su cuido.

–No, porque a él le dan ataques y hay que comprarle unas pastillas muy costosas y usted no tiene cómo comprárselas. Además es mi perro.

–Por favor, no se lo lleve.

–Si quiere le doy plata para que compre un hámster, pero yo me llevó mi perro.

 

Diana le dejó diez mil pesos (unos treinta dólares) y se llevó a Taylor. En casa celebraron su regreso. Volvieron a abrazarlo y a quererlo mucho. A reírse de él cada que le esculcaba el bolso a Diana cuando ella llegaba de trabajar, pensando que le había traído algo.

A los tres meses volvieron y se lo robaron. Diana recibió otra llamada telefónica al centro estético donde trabajaba. De nuevo su madre. Taylor no aparecía.

Diana dejó el trabajo y agarró su moto, rumbo a buscar a Taylor. Él era su príncipe, se lo había comprado a una señora que vendía perros en Carolina del Príncipe. Ya no vivía en Moravia, sino en Los Álamos, un barrio cerquita, y recorrió las calles de nuevo gritando ¡Taylor-Taylor-Taylor! Hasta escuchar su ladrido desde el fondo de una casa. «Ese es ladrido de Taylor», se dijo, y tocó la puerta.

Salió una mujer.

–Ustedes tienen a mi perro –le dijo en seco, con esa sinceridad que hacía que Diana fuera Diana.

–¿De qué habla? Ese perro es de mi hermano.

–No, ese es mi perro. Déjelo salir para yo verlo.

–No.

–Déjeme verlo.

–No.

–Mire que es un perro enfermo al que debo darle unas medicinas muy caras.

La mujer cedió. Ese era Taylor. El tipo que se lo había robado lo admitió: tenía previsto venderlo al día siguiente en La Minorista, gran mercado de pulgas de la ciudad de Medellín, donde se compran cacharros, objetos de segunda y animales robados.

 

Ilustración: Anne-Karine-Thoresen

 

La tercera no fue la vencida

La tercera vez que se robaron a Taylor, Diana pensó que sería la definitiva. Lloró de consternación cuando su madre la llamó de nuevo al trabajo. En esta ocasión era diferente. Algunos vecinos vieron que se lo llevaron en un camión que transportaba chocolatinas. Ahora sí perdimos a Taylor, decía Diana, sollozando. Pero quedaba una delgada luz de esperanza.

Había una pista que era crucial: el que se lo llevó en el camión había tenido un cómplice. Un niño gordito que vivía cerca. «Nosotros vimos», la gente decía.

A la casa del niño gordito llegó Diana, acompañada de su señora madre. Tocaron la puerta. Salió el gordito.

–Dónde está mi perro –gritó ella con ese carácter que sacudía las voluntades.

–¿Cuál perro?

–No se haga el bobo, que a usted lo vieron ayudando a subirlo en un camión.

El niño se vio acorralado. Confesó. Sabía dónde vivía el ladrón del perro.

Un domingo en la mañana Diana agarró su moto y se fue con el gordito atrás, subiendo por calles que se hacían cada vez más estrechas y empinadas. Eso quedaba muy arriba y ya le estaba dando miedo. Pero se tragó su miedo y siguió acelerando calle arriba hasta que llegó a la casa que señaló el gordito.

–Oiga, usted por qué se robó mi perro –le gritó al hombre joven que estaba sentado en la acera, con dos perros Beagle. Uno de ellos era Taylor.

Cogido por sorpresa, el tipo articuló un par de palabras y corrió a encerrarse en su casa. El gordito que había ayudado a que lo robaran ahora lo cargaba de regreso. Era casi un milagro, pensaba Diana. Tanta ambición por un perro que era epiléptico.

 

De nuevo lo tuvieron en su casa y le dieron el amor de siempre, pero a Taylor le quedaba poco tiempo. El príncipe que conoció en Carolina del Príncipe solo la acompañaría durante tres años. Fue robado en una cuarta ocasión y esta vez de manera definitiva, cuando una noche a mediados del año 2011 sufrió de terribles convulsiones y al otro día el veterinario dijo que el daño neuronal era tan catastrófico como irreversible. Era más humana y digna la eutanasia y un entierro pre pagado.

En esta ocasión, a la joven señora Adriana Mejía Herrera, conocida como Diana entre amigos y familiares, no le bastaba toda la fuerza de su carácter ni la reacción rápida en su motocicleta para exigirle a la muerte que por cuarta y última vez le devolviera el perro que le estaba robando.

 

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Crónica publicada en el libro Traficantes de Animales. Lea una reseña de la obra en Diario de Paz.

 

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