La ladrona del barrio

Un testimonio desgarrador y una divertida moraleja de por qué no debemos ceder a la tentación de los Chokis en el mini mercado de la esquina.

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Por: Valeria Montoya Restrepo

Ilustración: Andrés Valderrama

Arroz, arepas, cuido… Murmuraba la lista de las cosas que debía comprar tratando de recordarla toda, pues si llego con el mandado incompleto a casa seguro mi mamá entra en colapso y explota fuego por la boca. Listo, creo que eso era todo. A punto de terminar el corredor del supermercado rosando la zona de mecato mis ojos recorrieron las deliciosas bolitas de chocolate ¡Chokis! Ughh, con tan solo leer su nombre se me hacía agua la boca. ¿Y si tal vez…? ¡No! No Vale, eso solo lo sabe hacer Salomé…

Seguí mi camino deprisa hacia la caja ¡Maldita tentación! Hice la fila, pagué mi mandado y me dirigí a la salida, pero otra vez se enfrentaron mis ojos esas irresistibles esferas cafés. No lo pensé dos veces y agarré par paqueticos, los guardé en la bolsa de la compra y pensé en una mentira inocente para explicarle a mi mamá por qué esos polisones estaban en el paquete.

Sumida en mi plan y caminando de nuevo a la salida con la adrenalina que conllevaba el suceso, sentí que una mano grande se posaba en mi hombro, dispuesta a hacerme girar para darle la cara. Sentí que mi corazón estallaba y el calor subía a mi rostro. ¡Carajo! Era el señor Gildardo. Su mirada me decía todo el desprecio que sus labios no se atrevían a revelar. Me arrebató la bolsa mientras me decía:

–Ve a casa y trae a tu madre, o no te entregaré las cosas QUE SÍ PAGASTE.

El miedo a que mis padres descubrieran semejante atrocidad me ponía los pelos de punta.

–¡Por favor, don Gildardo, no lo vuelvo a hacer!

Las lágrimas recurrieron a mis ojos, pero ese señor no se ablandaba con nada por más que le rogara. Todos los individuos que había en el lugar miraban la escena con desaprobación, fastidio o incluso pena ajena, yo solo podía pensar en que mis padres iban a asesinarme. Al fin llorando y con los pies temblorosos tuve que ir a mi casa sin la compra a explicarle a mi mamá que el señor del mercado requería su presencia por un suceso imprudente de mi parte. Llegué al inicio de las escaleras y tomé todo el aire que pude, o mejor, que me quedaba, para gritarle a mi mami:

–¡Mammmmi!

–¡Quéeeeeee!

–¡Don Gildardo quiere que vengas al supermercado!

–¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Por qué estás llorando?

–Es que… yo… me…

¡Carajo! No lograba hablar bien. Mi mamá bajó y me miró expectante. Al ver que no le respondía me agarró de la mano y con sus pasos de leona enfurecida me arrastró hasta el lugar de los hechos, allí nos esperaba el señor cara inexpresiva con la bolsa en la mano. Me estremecí y casi perdí la conciencia  cuando mi madre escuchaba al mercader lo sucedido. Nunca imaginé que aquello me sucedería, ¡Salomé lo hace ver tan fácil y ágil! Por un momento creí que podía ser tan eficiente como ella.

Al terminar de escuchar, mi enfurecida madre cogió la bolsa de la compra, se disculpó con el tendero y salió botando humo por los oídos mientras murmuraba cosas inaudibles. Su actitud me dio a entender no solo su enojo sino también lo decepcionada que estaba de mí. Me sentí tan mal que olvidé completamente lo antojada que estaba de las deliciosas bolitas de chocolate.

Desde aquel suceso, cada vez que salía al barrio o entraba a cualquier mercado de la cuadra podía escuchar los murmullos de la gente que contaba el escándalo del robo de los Chokis y la ladroncita que lo protagonizó. Los tenderos me seguían con disimulo y recelo por los corredores de su tienda, desconfiando de mis andanzas. Fue así como, todavía siendo una niña, me gané la terrible fama de ser la ladrona del barrio.

 

* Este relato se realizó en el Taller de Escritura Creativa de la Biblioteca Pública Centro Occidental de Comfenalco Antioquia, barrio El Salado, Comuna 13 de Medellín.

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