El vicio que vencí en la prisión

Las cárceles colombianas son auténticas ollas de vicio, y por la angustia y ansiedad del encierro, algunos reclusos empiezan a hundirse en la drogadicción. Este relato nos ofrece un testimonio diferente: el de una persona que solo en una cárcel logró vencer el vicio con el que lidiaba desde hacía muchos años.

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Por: Iván Toro

Mi papá, Israel, me hizo coger el vicio del cigarrillo. Desde muy jovencito, cuando iba a llevarle el fiambre al trabajo, de vez en cuando me ofrecía una calada de cigarrillo. Él trabajaba desyerbando fincas en el Llano de San José, municipio de Heliconia. Al principio me rehusaba, le decía que no. Cuando no tenía que ir a la escuela, mi papá me pedía que fuera a ayudarle. Entonces volvía y me ofrecía cigarro. Como había tanto mosquito y zancudo, yo terminé aceptando, pero era para poder espantarlos con el humo, para que no se me acercaran a picarme. El cigarrillo me sabía a mil demonios, pero funcionaba: en verdad que envuelto en el humito no me picaban los mosquitos.

Podía trabajar tranquilo. Dejé de sentir fastidio y poco a poco fui volviéndome un adicto de este maldito vicio.

–Así como me inició en esto, entonces cómpremelos –le dije a mi viejo en cierta ocasión.

–Que más voy a hacer, ya me tocó –respondió.

Con el viejo facilitándome las cajetillas de cigarrillo, se me hacía más fácil consumir. Fumaba en la madrugada, en la mañana, al mediodía, en la tarde, en la noche. Mejor dicho: en todo momento. Luego empecé a juntarme con amigos de mi edad que también lo hacían. Cuando se siente hambre provoca fumar, cuando hace frío también. Después del baño sí que se debe fumar. En ese entonces se acostumbraba el cigarrillo sin filtro, porque eran el más barato. Recuerdo mucho el famoso Dandy, el de mayor consumo y el que yo más fumaba, pero también existió el

Piel Roja que aún lo hay, y el Marvels, conocido como el 114.

Luego me pareció que debía cambiar y empecé a consumir cigarros con filtro. Era como más cachezudo, me sentía dizque diferente consumiéndolos con filtro. Como estos eran un poco más suaves a la garganta, me hice doblemente adicto, y así comencé a competir con mi hermano mayor, Frank, que era como una chimenea. Con la colilla encendida él prendía otro, y después otro, y así. Maldito vicio.

Al tiempo me junté con Yolanda, la que ahora es mi esposa. Ella también era fumadora y eso no ayudaba mucho. Me volví tan adicto que el cigarro me hacía falta para todo, para estudiar, para trabajar, para salir de paseo: para todo. A raíz de tanto consumo comencé a sentir fuertes dolores de cabeza y cuello; me enfermaba de gastritis y me daban unas borracheras todas raras.

Los médicos me mandaban medicinas que servían por poco tiempo y pensé: ¿todos estos males no serán culpa del cigarro? Recordé que años antes leí en un libro algunos efectos nocivos para la salud que produce el cigarrillo. Tome entonces una decisión: iba a dejar ese maldito vicio. Primero, por mi salud, y segundo, por el buen ejemplo para mis dos hijos.

Me fumaba hasta tres cajetillas diarias. De ahí disminuí a dos cajas. De dos a una. De una a diez cigarrillos. Cuando caí en la cárcel eso me fumaba, pero me los fumaba todos casi que al tiempo. Regularmente no fumaba en espacios cerrados, por respeto a los demás; como esta cárcel de Envigado es muy cerrada, se me fue facilitando la vuelta como dicen por ahí.

Mi último gran logro fue deshacerme de la candela. Di gracias a Dios por ello. Cuando veía a los compañeros de la cárcel fumando, se me alborotaba el deseo otra vez y les pedía un ploncito. Sucedía una y otra vez hasta que me cansé.

«¿Yo ya no dejé el vicio pues? ¿Por qué tengo que chupar babas de otro?», pensé.

Y por fin renuncié al cigarrillo, maldito vicio. Cuando veo que alguien está fumando o siento el aroma, no se me da por nada, ya no me hace falta. Ahora que no fumo me doy cuenta del mal que me estaba haciendo. Mi salud mejoró en un ochenta y cinco por ciento. A la cárcel ingresan jóvenes sanitos y aquí cogen los vicios. Empiezan por el cigarrillo para manejar la ansiedad del encierro. Siguen con la marihuana, el perico, luego las pepas, hasta que terminan metiendo de todo.

Tantas personas que piden limosna, empeñan alhajas y hasta roban para conseguir dinero, para seguir matándose con el cigarrillo y otros malditos vicios. Y pensar que le pedía cuscas a mis compañeros o las tomaba del piso para quitar las ganas. Yo mismo me sorprendo por haber dejado ese vicio…

 

* Este relato se realizó en el Taller de Crónica de la Cárcel de Envigado, auspiciado por Comfenalco Antioquia y la Biblioteca Pública y Parque Cultural Débora Arango. Fue incluido en el libro de crónicas Volver de mi infierno, salir de la cárcel del periodista Róbinson Úsuga Henao.

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