Amor express

Se conocieron en la calle y se dijeron mentiras, para cubrir quiénes eran realmente y mantener la pasión. Crónica de un amor fugaz con un final desconcertante (al menos para su protagonista).

Por: Deivis Fernando Agudelo

Ilustración: Joan Guzmán

 

Laureles, en Medellín, es un barrio con bonitos antejardines, casas amplias con puertas y ventanas grandes. Por sus calles caminaba yo aquel día, después de ayudar a mi amigo El Negro a acomodar su nuevo negocio de salsa en la Avenida 33. Caminé hacia la estación del Metro, cuando vi avanzar en dirección contraria a esa mujer, dama elegante.

De mi boca escapó una palabra cuando pasó a mi lado:

–¡Mamasita!

Dio unos pasos más y se detuvo. Volteó para mirarme de pies a cabeza. Me asusté. No sabía lo que pasaba, cuando la escuché decir y hacer un gesto con la cabeza:

–Venga.

Dudando, me le acerqué.

–¿Cómo te llamas? –preguntó.

–Andrés

–¿En dónde vives?

–En Envigado.

No podía creer que estuviéramos hablando así, de la nada.

–¿Y tú nombre?

–Bárbara –dijo.

Bárbara, rostro de ángel, cuerpo de diosa, piel blanca, cabello liso. Era más alta que yo, y eso que mido 1,74. También me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que era asesor de viajes.

–Qué casualidad –exclamó–. ¡Yo soy piloto!

En ese momento me percaté de la insignia con un ave voladora que tenía cosida en el pecho de su chaqueta.

Hablamos más allí, parados en la acera, aunque no recuerdo sobre qué. Mis ojos estaban perdidos en los suyos. Esos ojitos negros que me hicieron invitarla a tomar algo. Aceptó. Ingresamos a un bar de rock. La música se escuchaba suave.

Pedí una cerveza. Ella también.

Al rato perdí la pena y me acerqué a sus labios carnosos. Ella me correspondió. Actuamos como dos personas que se amaban desde siempre. Al rato salimos del lugar y nos detuvimos bajo la sombra de un árbol. Nos abrazamos y besamos con más pasión. Empecé a tocarla por encima de la ropa y ella apretó mi entrepierna, que para entonces parecía otra pierna.

Como asfixiada, exclamó:

–No aguanto más. Llévame a otro lugar.

Pensé que todo iba muy rápido y era muy bueno para ser cierto. Seguí besándola. El sitio estaba solo. Aproveché y toqué sus pechos. Desabroché el pantalón y disimuladamente mojé mi cutícula. Luego me pasé el dedo por la nariz, sin que ella se enterara. “No hay problema”, pensé.

–Hágale pues. Quiero sexo oral –exclamó ella, desesperada.

Tomamos rápido un taxi. Llegamos a un hostal del barrio El Poblado y nos bañamos juntos. Sobra contar el resto de acontecido en esa habitación de hotel.

A las 3:00 de la mañana salimos, recién bañados. La noche era fresca y yo no podía creer que semejante mujer acabara de ser mía.

–Dame tu número de celular –le pedí.

Me miró, se acercó y me dio un beso que no olvido.

–Te diré la verdad: no me llamo Andrés.

–Tranquilo, yo tampoco soy Bárbara.

–¿No? –me tomó por sorpresa–. ¿Entonces cuál es tu nombre?

–Eso no importa. Solo quería buen sexo y no tengo tiempo para nada más.

 

No supe qué responder. Solo atiné a preguntarle si volveríamos a vernos.

 

–No sé. Hoy mismo salgo del país. Incluso, ya mismo debo ir al aeropuerto.

Me sentía cada vez más confundido.

–¿Y entonces qué? –le pregunté.

–¿Qué de qué?

–Lo nuestro.

–¿Lo nuestro? Yo tengo esposo.

Tomamos un taxi rumbo al barrio Belén y llegamos a un edificio de apartamentos. Me dio el último beso y, con el taxi detenido, no dejé de contemplarla hasta que desapareció por la portería.

 

 

* Esta crónica se realizó en el Taller de Crónica de la Cárcel de Envigado, auspiciado por Comfenalco Antioquia y la Biblioteca Pública y Parque Cultural Débora Arango.

 

Lluvia de Orión: El poder de la narrativa.

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